Mostrando entradas con la etiqueta justicia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta justicia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Delitos menores


 

https://www.youtube.com/watch?v=M6ZZKNPrSPw


   Sintió como si se enganchara con algo y cuando miró sólo pudo ver cómo su bolso desaparecía en la mano de un chico que salió corriendo en dirección contraria. Era un norteafricano alto, delgado y muy joven.

   -¡Eh, mi bolso! Me ha robado el bolso-gritó mientras corría tras él, como si a sus más de 75 años tuviera alguna posibilidad de alcanzarle-¡Las llaves, oye, las llaves!-volvió a gritar cuando se dio cuenta de que ya no le cogería y se quedaba sola, sin documentación, dinero, tarjetas y sin poder entrar en su casa.

   -Te dejo. Acaban de robar el bolso a una señora y voy a ayudarla-Un chico joven, que venía hablando por teléfono, se acercó a ella-¿Está bien?¿Le ha hecho daño?

   -No, pero se ha llevado todo. ¿Qué hago ahora? La policía....hay que llamar a la policía. Y la tarjeta del banco. Ay, madre, que no la use.

   El chico llamó inmediatamente para denunciar lo sucedido y, tras preguntar de qué banco era la tarjeta, también se  encargó de pedir la anulación. Una patrulla llegó enseguida, les pidieron que esperaran por la zona y, junto a otros agentes que llegaron poco después, se fueron a peinar el área.

   -Mi hija vive aquí cerca. Voy a su casa para decírselo.

   Una acababa de terminar de recoger la casa. Era su primer día de vacaciones tras un largo y estresante verano y uno de los pocos para los que no tenía planes porque necesitaba simplemente no hacer nada. Dos timbrazos retumbaron por la casa. 

   -¿Sí?¿Quién es?-preguntó, aunque sabía la respuesta: ya había dejado de pedirle que no pegara el dedo al botón, que cualquier día iba a tirarle la pared. Pero la extrañaba que hubiera vuelto, porque hacía poco más de cuarto de hora que había estado allí.

   -Oye, soy yo.

   -Dime.

   Silencio.

   -¿Qué?-gritó, empezando a perder la paciencia.

   -Es que me han robado el bolso y se han llevado todo-su voz sonaba tan débil.

   -Sube.

   -No. Estoy con un chico que me ha ayudado.

   -Pero sube.

   -No. La policía nos ha pedido que nos quedemos por aquí.

   -Vale. Voy a cambiarme y bajo.

   Se dirigió al armario pensando en qué ponerse, pensando que, si estaba abajo, por lo menos no la habían hecho daño, pensando en lo que podía llevar en el bolso y en lo que habría que hacer y, mientras bajaba las escaleras, no podía dejar de pensar que no era posible que hubiera pasado en su primer día de vacaciones.

   Entre los dos la explicaron lo sucedido y se fueron a dar una vuelta por la manzana, por si pudieran encontrar algo. 

   -Fue tan rápido que no pude reaccionar; sólo le vi pasar corriendo-El chico las dejó para seguir con sus cosas.

   -Muchas gracias, en serio, por haberla ayudado y acompañado-en casos como ése, se veía que, a pesar de tanta gentuza, siempre se encuentra gente buena y desinteresada.

   Vieron venir a uno de los agentes en moto que estaban buscando al ladrón. Le pararon y las explicó lo que tenían que hacer: poner una denuncia en comisaría, anular todas las tarjetas y pedir unas nuevas y llamar al seguro para que mandaran a un cerrajero lo antes posible.

   Se fueron derechas a comisaría. Alrededor de media hora de espera antes de que las llamaran a declarar y Una tuvo que quedarse esperando porque sólo podía entrar una persona.

  -A ver, mi madre está nerviosa, todavía en shock y no va a saber contarlo.

   Fue inútil; el agente en cuestión resultó ser un borde, prepotente y completamente insensible.

   -¿Cómo voy a salir de casa ahora?-le preguntó cuando volvían en el autobús.

   -Sé que será difícil, pero no puedes encerrarte.

   Tardó dos días en volver a hacerlo y mucho más en perder esa sensación de miedo e impotencia. ¿Cómo no  iba a ser así si hasta Una iba por la calle  mirando a la gente y agarrándose el bolso cuando se cruzaba con alguien con aspecto que le resultaba sospechoso?

   A la mañana siguiente se despertó pronto; todavía tenía el horario de los  madrugones para ir a trabajar. Mientras estaba en la cama, recordando lo sucedido el día anterior, una luz apareció en su cabeza. Con un poco de suerte......Encendió el móvil y entró en la aplicación del servicio de autobuses. Una de las tarjetas que llevaba su madre en el bolso era el bonobús. No se sabía el número, por supuesto, pero, si el último saldo que había mirado era el suyo, quedaría en la aplicación. Pues sí, por los movimientos que aparecían, tenía que ser ése. Se levantó pensando que era una pista muy buena. No se veían las líneas, sólo las horas y que eran dos personas. Esperó hasta la hora de atención al público y llamó a la empresa. Les explicó lo sucedido y le dijeron los autobuses que habían cogido. En todos hay cámaras, pero sólo dejaban ver las imágenes a la policía, así que llamó a la comisaría donde habían puesto la denuncia el día anterior.

   -Tiene que venir su madre a hacer una ampliación.

   -¿Tiene que ir ella? Ya lo pasó bastante mal ayer. Además, la que tiene los datos de la tarjeta y ha hablado con la empresa soy yo.

   -Vale, pues venga usted.

  Mientras iba en el autobús, Una se iba mentalizando para tratar con el gilipollas uniformado del día anterior, pero tuvo suerte y, como todos los demás policías con los que habían tratado, fue atento, educado y de lo más agradable.

   -Miraremos las cámaras, pero si quien aparece no está fichado, no podremos hacer nada.

   Se fue de allí tranquila por haber hecho todo lo que estaba en su mano, pero con la sensación que no iban a hacer nada. Le dio mil vueltas a las líneas que habían utilizado. ¿Qué había por aquella zona? Ostras, el centro de menores. Blanco y en botella, pensó. A ver, si ella, utilizando sólo sus células grises, como diría Poirot, había descubierto todo aquello,¿qué no podría hacer la Policía con todos sus medios? Porque tenerlos los tenían, sin duda. De hecho durante aquella semana, en una de las céntricas plazas, se podían ver los  helicópteros, lanchas y vehículos acorazados que utilizaban en sus investigaciones.

   -Nada, hay cosas mucho más importantes y no se dedican a los delitos menores-le decía todo el mundo. Una era consciente de ello, como también  lo era de lo frustrante que tenía que resultar trabajar para detener a alguien y que la injusta justicia los dejara en la calle a las pocas horas. Sin embargo, por muy importante que fuera detener a grandes traficantes, corruptos o estafadores, lo que de verdad creaba inseguridad eran, precisamente, esos llamados delitos menores que hacían que la gente saliera con miedo a la calle por si les atracaban, o que una tranquila comunidad de vecinos en la que se instala un pequeño camello, vea su tranquilidad destrozada.

   No volvieron a saber nada de la Policía ni recuperaron nada de lo robado. Los días y las semanas pasaron y volvieron a recuperar la normalidad. Una tarde, mientras Una volvía a casa, se cruzó con dos de sus ancianas vecinas, las dos con bastón para poder caminar. A los pocos segundos oyó unos gritos y, al volverse, vio como una chica joven tiró a una de ellas al suelo, arrancó su bolso y salió corriendo hacia donde estaba parada. Algunos de los que estaban sentados en la terraza de un bar fueron corriendo hacia las mujeres para ayudarlas. No supo muy bien cómo lo hizo, pero cuando la chica pasó por su lado, Una la empujó, perdió el equilibrio, se tambaleó y se cayó. Una cogió el bolso y empezó a insultarla y patearla, soltando toda la rabia que llevaba dentro, hasta que recordó una frase que le habían dicho cuando el tirón de su madre: "Si llego a estar allí, voy a la cárcel, pero ese cabrón  no vuelve a robar a nadie". Paró; no merecía la pena ponerse a la altura de aquella gentuza y convertirse en un monstruo como ellos.

   -Lárgate y no vuelvas por el barrio, porque puede que la próxima vez no tengas tanta suerte-uno de los hombres que estaban en la terraza se había acercado y la había ayudado a levantarse. Sangraba por la nariz y cojeaba, pero se fue todo lo rápido que pudo.

   -Gracias, hija-le dijo la mujer cuando se acercó a recoger el bolso.

   -Vete-le dijo el hombre-ella no va ponerte una denuncia y ninguno de nosotros va a decir nada.

   Una llegó a casa y se echó a llorar. Toda la impotencia acumulada durante semanas había desaparecido. Lo que más rabia le daba era que tuvieran que ser los vecinos los que tuvieran que encargarse de protegerse, pero, si nadie más lo hacía.....


Texto Ana María Blanco Estébanez
Todos los derechos reservados

miércoles, 9 de enero de 2019

El poder de la impotencia

Foto de Clínica de la Ansiedad

   ¿Qué estaba pasando?¿Qué era ese zumbido en los oídos?¿Y ese latido en la cabeza?¿Por qué no podía abrir los ojos?¿Tenía una venda?¿Era una mordaza lo que impedía cerrar su boca?¿Dónde estaba?

   Tenía el cuerpo agarrotado y no podía mover las manos ni los pies. Su corazón empezó a latir tan rápido que creyó que iba a atravesar su pecho. Respiró profundamente, intentando controlar el pánico. Tenía que calmarse. No sabía qué pasaba, ni si había alguien más allí, pero si hacía caso a su instinto era mejor no dar señales de que hubiera recuperado la consciencia. Pensó que era una forma de ganar un poco de tiempo, y concentró sus sentidos en intentar averiguar algo del lugar donde se hallaba.

   Con ese zumbido y el latido en su cerebro, no conseguía reconocer ningún sonido. Quizá una especie de susurro. Parecía que había gente hablando, aunque no era capaz de distinguir ninguna voz.

   Lo que sí llegaba hasta su nariz con toda claridad, era ese olor. No lograba identificarlo, pero sabía que lo conocía. Era una mezcla extraña que recordaba a un taller mecánico y, al mismo tiempo, a una cabaña de madera rezumando humedad. ¿Por qué no podía recordar dónde lo había olido antes?

   Sus manos estaban atadas a lo que parecía ser los apoyabrazos de una silla de lo más incómoda. O puede que no lo fuera tanto, pero el no poder moverse hacía que sus músculos reclamaran un cambio de postura a gritos. Algo sujetaba su tronco al respaldo. Tampoco podía mover las piernas. Se las habían atado a la altura de los tobillos y la cuerda restante estaba bien amarrada a las patas de la silla. Al menos así lo imaginó, porque un calambre hizo que intentara levantar un pie y no pudo moverlo ni  siquiera un centímetro.

   Desde luego, quien hubiera montado todo aquello, se había asegurado de que resultara imposible soltarse. Y ése era el siguiente paso: averiguar quién y, lo más preocupante.......¿por qué?

   Intentar pensar con aquella tormenta de truenos que embotaba su cerebro era una tarea que necesitaba de toda su energía. Pudo recordar que a la salida del trabajo se fue a tomar unas copas con Víctor, el tío tan majo que había llegado un par de meses antes a la empresa y con el que congenió casi de inmediato. Y después se fue a casa. No. Espera. ¿Se fue? No lograba recordar si llegó a salir del bar.

   Su garganta necesitaba líquido. Apenas quedaba saliva en su boca y, aunque intentó reprimirlo, un ataque de tos estalló en medio del silencio.

   Los susurros pararon. Sintió unas pisadas. 

   -Está consciente-dijo una voz de hombre, que reconoció inmediatamente.

   Al mismo tiempo, alguien soltó la venda que cegaba sus ojos. Parpadeó varias veces y, mientras su vista se iba acostumbrando a la luz, fue reconociendo el lugar. Una mezcla de sorpresa (¿qué hacía Víctor allí?) y terror (¿quién más conocía aquel lugar?) paralizó sus sentidos por completo. En ese momento se acercó y clavó su dura mirada ante sus ojos.

   -Te lo advertí, ¿recuerdas?

   Pretendía gritar con todas sus fuerzas, pero sólo un gemido atravesó la mordaza.

   Por supuesto que lo recordaba. Cómo olvidar a la única zorra que se le escapó viva. Fue la primera, la más resistente y a la única que no consiguió doblegar. Tardó mucho tiempo (todo el que pasó en la cárcel por su culpa) en entender cuál había sido el punto débil que acabó con su perfecto plan. Pero cuando puso los pies en la calle después de cumplir sólo ocho años de su condena (qué fácil era engañar a aquellos sabelotodo que se empeñaban en estudiar su conducta), sabía exactamente qué era lo que tenía que hacer para que no volviera a escapársele ninguna presa.

   Estuvo a punto de buscarla. Sentía curiosidad por saber cómo vivía tras la experiencia vital que le proporcionó aquellos cuatro días que disfrutó torturándola, pero la nota que le hizo llegar la semana en que iban a darle la libertad, le hizo pensar que era mejor no acercarse a ella. "Si vuelves a hacerle a alguien lo que me hiciste a mí, te buscaré. No importa dónde te escondas. Dedicaré mi vida a encontrarte y a acabar contigo".

   Se fugó en cuanto pudo. Recogió el dinero que había escondido y, tras cambiar de aspecto y conseguir nueva documentación, se dedicó a viajar, pasando desapercibido mientras acechaba a todas aquellas chicas que se cruzaban en algún momento en su camino. Presa vigilada,  presa cazada, presa devorada........y a buscar otro coto de caza.

   Desgraciadamente, toda la parafernalia que necesitaba para disfrutar cada uno de sus placeres, unido a los problemas de corazón que habían aparecido un par de años atrás, terminaron con sus fondos antes de lo previsto, así que tuvo que buscar trabajo. Pero necesitaba uno que le permitiera seguir manteniendo la libertad de movimientos y el anonimato imprescindibles para continuar alimentando su insaciable sed de cazador. Encontró el ideal: conductor autónomo en una empresa de alquiler de limusinas. Llevaba allí seis meses cuando llegó Víctor. No había intimado con el resto de los chóferes, pero ese tío había sabido cómo acercarse a él.......y ahora entendía por qué.

   -Es la hora. Tienes que irte.

   -¿Estás segura?

  -Sí. Gracias. Sabes que no lo habría conseguido sin tu ayuda-le dijo mientras le abrazaba.-Pero tengo que terminarlo sola. Espérame fuera.

   Cuando cerró la puerta, le habló.

   -¿Tienes idea de lo que nos ha costado traerte hasta aquí? Pero era imprescindible para que el círculo se cerrara.

   Se dirigió a la mesa donde tenía las herramientas con las que arreglaba aquella chatarra que le regaló su padre, y con la que había aprendido a conducir cuando era un adolescente tímido y acomplejado.

   -Tenía que acabar con tu vida en el mismo sitio donde tú acabaste con la mía.

   Se volvió y, al acercarse a la silla, vio su mirada aterrorizada y la lágrima que iba resbalando por su mejilla. Cuando su cabeza cayó sobre el pecho supo que ya no necesitaba el cuchillo que llevaba en la mano. Lo soltó y todas las lágrimas que llevaban más de diez años ahogándola, escaparon de golpe, liberándola de la vida que aquel ser repugnante le había condenado a vivir el día que la secuestró, cuando acababa de cumplir veinte años.

   Al alejarse en el coche con  Víctor, mientras en la distancia veían las llamas devorar aquel garage de madera que había sido su prisión durante años, se dio cuenta de que la impotencia que había sentido durante todo ese tiempo la había abandonado. Por fin era libre......y seguía viva.



Texto Ana María Blanco Estébanez
Todos los derechos reservados