jueves, 12 de agosto de 2021
Cuando los dioses se aburren
jueves, 18 de febrero de 2021
Hoy puede ser un gran día.....o no
miércoles, 3 de febrero de 2021
Solamente un día
Como se imaginaba, apenas había podido pegar ojo en toda la noche. Entre el remusguillo del lumbago que llevaba soportando desde hacía dos días y los nervios por el tratamiento con láser, su cuerpo y su mente se habían confabulado para no dejarle enlazar más de tres horas de sueño. Y, para colmo, cuando estaba empezando a adormilarse de nuevo, un ruido sordo de motor en funcionamiento la espabiló de repente. Miró la hora: las 7 de la mañana. ¿Quién demonios podía ser? Oyó cómo sus vecinos de alrededor se levantaban. Recordó que iban a venir temprano a pulir el suelo de las escaleras, pero ¿a las 7 de la mañana? ¿Era legal eso? En fin, estaba claro que no iba a poder dormir más, así que también se levantó y, mientras se duchaba, no dejaba de darle vueltas a lo de su ojo. Cierto que le habían asegurado que no era doloroso y que no duraba más de cuarto de hora, pero el hecho de tener una lente ahí metida mientras un láser lanzaba rayos no era algo para tranquilizar a Una, precisamente.
Llegó pronto a la consulta. Era la primera cita, así que sabía que en cuanto llegara el doctor pasaría rápido. Fue muy puntual, pero Una se dio cuenta en seguida de que algo raro pasaba porque le vio salir y entrar en los diferentes despachos mientras preguntaba a sus colegas por el ordenador. Su corazón comenzó a latir más rápido; esperaba que no fuera nada grave. Se lo tenían que haber hecho tres semanas atrás, pero el oculista cayó enfermo y se lo aplazaron. Esta vez resultó que era un problema informático, que solucionaron de la forma tradicional: tirando de expedientes en papel.
Cuando examinó el suyo, ni siquiera la llamó.
-No te muevas, que primero te tengo que poner unas gotas de anestesia y te quedas en la sala de espera, mientras busco a alguien que me arregle lo del ordenador.
Diez minutos más tarde, y tras la infructuosa búsqueda, se rindió a la evidencia: tendría que olvidarse de la informática.
-Pasa conmigo a la sala del láser-le dijo mientras la acompañaba.
Como se temía, para evitar el calentamiento del aparato, hacía un frío horrible e, incluso con las tres capas de ropa que llevaba, o quizás por los nervios, no podía dejar de tiritar.
Le indicó el incómodo taburete en el que tenía que sentarse y le puso la segunda gota de anestesia. Se sentó frete a ella y tras mirarla fijamente, con cara de sorpresa le dijo:
-Aquí falta algo.
Una, que ya estaba bastante nerviosa, no sabía si era broma o se había olvidado de llevar alguna cosa. Miró a derecha e izquierda, como acababa de hacer él, y se encogió de hombros.
-Falta el láser.
-Bueno, en algún sitio estará-respondió ella, preguntándose cuál era el problema. No tenía ni idea de cómo era el aparato, pero si no estaba allí, que fuera a buscarlo.
-Ya, es que si no está aquí es porque está estropeado. Me temo que hoy tampoco puedo hacértelo.
Una abrió la boca sin saber si reír o gritar.....y la volvió a cerrar sin emitir ni un sonido. Cogió el abrigo y el bolso y salió tras él de la sala. Se dirigieron a recepción donde le confirmaron que se lo habían llevado hacía varios días y que todavía tardaría otra semana, como poco, para que lo devolvieran.
-No sabes cuánto lo siento. La semana pasada no tuve que usarlo y nadie me informó-le dijo, terminando la frase con un tono que daba a entender que alguien iba a pagar esa falta de comunicación.
-¿Sabes que es la segunda vez que me lo aplazas?
-Estás la primera en la lista. En cuanto nos lo devuelvan te llamamos para hacértelo inmediatamente.
Una salió de la clínica preguntándose si aquello no sería una señal. Si el tratamiento no fuera necesario, se plantearía muy seriamente hacérselo, pero las opciones no le convencían demasiado, así que no le quedaba otra que volver a intentarlo. Esperaba que a la tercera fuera la vencida.
Se fue a trabajar, ante el asombro de sus compañeros, que no podían creer la mala suerte que estaba teniendo. La mañana resultó agotadora, así que después de comer y recoger la cocina y el baño se dispuso a descansar: una infusión, la manta eléctrica y alguna peli. Iba a poner a calentar el agua para su té, cuando un estruendo de pasos, gritos, risas y cajas cayendo al suelo la sobresaltó.
-Mierda, el telefonillo-recordó que los estaban cambiando y estaba claro que tocaba su planta. Adiós al descanso. A ver si acababan pronto.
El timbre sonó y al otro lado de la puerta apareció un mocetón cargado con una cajita y un destornillador, que alucinó cuando vio lo antiguo que era el aparato de su casa.
-¿De verdad hace falta cambiarlo? Funciona estupendamente y, por mi experiencia, si no está estropeado es mejor no tocarlo.
-Ya, pero es que la mayoría de los vecinos sí tienen problemas y, como vamos a cambiar el sistema completo, el tuyo ya no funcionaría.
Encendió la luz del pasillo para que pudiera trabajar y se sorprendió de no ver la claridad habitual. Los dos miraron hacia arriba.
-Anda, si se ha fundido un halógeno-dijo, pensando cuántas cosas más le iban a pasar.
-No te preocupes que tengo una linterna.
-Lo que más rabia me da es que no tengo ni idea de cómo cambiarlo.
-Si es facilísimo: tiras de la pestaña, sacas la lámpara fundida, colocas la nueva y vuelves a poner la pestaña.
Ya, facilísimo cuando lo has hecho muchas veces y sabes de qué va, pensó. Inmediatamente recordó que siempre guardaba repuestos y que no podía perder la oportunidad de tener a un experto, así que le dejó solo, se dirigió al cajón de las bombillas (una ventaja de tener un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio) y apareció en menos de un minuto cargada con la escalera, ante el asombro del joven, que debió pensar que, por dar tantas explicaciones, le iba a tocar hacer algo más que cambiar el aparato que tenía en la mano. Para su alivio, ya que no sabía cómo negarse sin parecer un grosero, Una empezó a subir la escalera y, siguiendo sus indicaciones, la cambió sin problemas.
-¿Es lo bastante grande como para tapar el hueco que deja en la pared el otro?-le preguntó cuando vio el espacio de diferente color que apareció al quitar el antiguo telefonillo.
-Yo creo que sí-le respondió mientras lo colocaba.
El resultado no era perfecto, aunque mucho mejor de lo Una se temía: tapaba casi todo excepto una pequeña línea a la derecha.
-Si tienes algo de pintura se arregla en un momento. O si no, en los chinos venden tarros pequeñitos.
-No hace falta: tengo masilla blanca. Con un poquito bien extendido no quedará ni rastro.
Así que cuando se fue, primero Una tuvo que utilizar agua y un trapo para recoger los restos de pintura y polvo que había producido el cambio del trasto. Su espalda reaccionó con varios pinchazos de dolor. Luego cogió la masilla y, con mucho cuidado, fue tapando ese pequeño espacio que se veía. Cuando acabó, se alejó para ver mejor el resultado y quedó satisfecha. Recogió todo y se dispuso a descansar un ratito antes de cenar.
Un día largo y agotador. Si bien lo del láser no podía dejar de decepcionarla y frustrarla, tenía que reconocer que, si el halógeno del pasillo iba a fundirse de todas formas, había tenido suerte de que sucediera cuando había alguien con ella que pudiera explicarle cómo cambiarlo.
Entre el sueño y el dolor de espalda no podía más, así que se chutó un antiinflamatorio con la cena, decidida a llamar al fisio en cuanto pudiera, se puso la manta eléctrica, zapeó durante un rato y se fue a la cama esperando que esta vez Murphy fallara y el siguiente día no fuera peor que el acababa de terminar.
miércoles, 10 de abril de 2019
La Ley de Murphy
Y, efectivamente, esta vez, los del tiempo no fallaron en su pronóstico y el sábado amaneció frío y con un vendaval que hacía que la lluvia cayera horizontalmente. Así que cuando sonó el teléfono sabía exactamente lo que iba a decir.
-Hola, hemos quedado esta tarde-le dijo una voz alegre y cantarina.
-Mira, con el día que hace.....
-Vamos a ir al cine a ver Green Book-siguió sin escucharla-. Ya sólo la ponen en los Broadway, así que te pilla cerquita. Nos vemos allí a las ocho, ¿vale?
-Vale-fue lo único que pudo responder. Qué listas eran. Menuda encerrona habían preparado. Sabían que hacía meses que quería verla y siempre ocurría algo que lo impedía. Además, aquellos cines estaban cerca de casa, así que no había forma de poner una disculpa creíble. Eso sí, se pondría unos vaqueros, una camiseta y, en cuanto acabara la película, de vuelta a casita.
Sin embargo, a las seis de la tarde los brillantes rayos del sol se fueron abriendo paso entre los negros nubarrones y, aunque muy fría, la tarde se quedó de lo más luminosa, así que cuando fue a vestirse, cambió los vaqueros y la camiseta por los botines de tacón y un minivestido con lentejuelas que hacían que brillara más que una bola de discoteca.
Cuando llegó al cine parecía que media ciudad había tenido la misma idea porque la cola llegaba hasta el Paseo Zorrilla. Al llegar a la taquilla, medio congeladas, la opción que les dieron era la quinta o la última fila. Iba a decir que la quinta cuando sus amigas se adelantaron y pidieron la última.
-Madre mía. Vosotras no habéis venido a este cine, ¿verdad? A ver, la imagen y el sonido son buenos, pero las salas no se parecen a las nuevas; apenas tienen inclinación, así que esperemos que no se nos ponga un Romay delante o tendremos que coger asientos para niños.
La última fila de su sala estaba encajonada detrás de una columna, entre tres paredes; teniendo en cuenta que el espacio entre filas era el justo para sentarse sin cruzar las piernas, una sensación de claustrofobia las invadió. Afortunadamente la película era muy buena y el tiempo se pasó volando.
A la salida, se encontraron una noche gélida y brillante. La lluvia había arrasado con esa contaminación que llevaba semanas instalada sobre la ciudad. Decidieron ir a picar algo, pero todo estaba lleno. Entraron en el primer bar en el que vieron un hueco y, mientras unas iban a pedir a la barra, las otras se encargaron de vigilar cuándo quedaba una mesa libre. Consiguieron una, también encajonada en un rincón; pero lo importante era tener un sitio donde dejar las bebidas y los platos.
No llevaban cinco minutos sentadas cuando sucedió todo. Ocurrió en un par de segundos: un movimiento de un brazo a su izquierda empujando una copa de mosto llena, que se cae sobre ella, que intenta levantarse, pero no hay espacio y ve cómo todo el líquido rojo se derrama sobre su bolso y vestido y escurre por sus medias hasta terminar bajando hasta sus pies. Como puede sale del rincón y va al servicio, pero, excepto secarlo todo, no consigue hacer desaparecer el estropicio.
-Lo siento, chicas, pero me voy a casa. Estoy empapada y pegajosa y necesito quitarme todo esto. Pasadlo bien, por favor.
Intentaron convencerla, pero no aguantaba más. Estaba claro que no tenía que haber salido. Lo único que quería era llegar a casa cuanto antes y cogió todos los atajos que se le ocurrieron. De hecho, cuando se quiso dar cuenta iba por el Campo Grande. No había nadie más, claro; la gente solía ir por la otra acera , mucho más iluminada. De repente sintió cómo el miedo empezaba a asomar, pero estaba tan cabreada que terminó pensando que si alguien le salía al paso iba a recibir un bolsazo, patadas y puñetazos; sería una forma de desahogar toda la frustración que llevaba dentro.
Eran casi las doce cuando entraba en casa. Se quitó la ropa y la dejó a remojo; no quería que las manchas se secaran más todavía. Se puso el pijama y empezó la tarea de intentar limpiar los botines y el bolso. El mosto había entrado por cada hendidura y tuvo que repetir la tarea porque las marcas no terminaban de salir. Frotó bien la ropa y parecía que quedaba limpia, así que lo aclaró todo, lo tendió.....y se metió en la cama. Era la una y media; estaba helada y agotada, por lo que se quedó dormida enseguida.
Una musiquilla invadió su sueño. Una neurona se despertó lo suficiente como para advertirle de que era el móvil. Lo cogió e iba a contestar cuando otra neurona le hizo fijarse en la hora, las seis y media, y en la persona que llamaba. "Ésta se ha confundido"-pensó cuando vio que era su amiga maltesa que vive en Australia.
Se dio media vuelta, pero ya no podía dormirse. El móvil volvió a sonar; esta vez para avisar de un whatsapp.
-Sorry, Ben was playing with my phone.
-Don't worry. I love to wake up early on Sunday mornings- respondió, mientras se preguntaba cuáles serían las probabilidades de que un enano de tres años, jugando con el móvil de su madre en Australia, entre todos los contactos, fuera a dar con una pobre españolita que estaba plácidamente dormida
No hablaba con ella desde Navidad, así que aprovecharon para ponerse al día. A las siete decidió levantarse. Tenía mucha ropa que planchar y estaba claro que ya no podría dormir más.
Después de desayunar recibió la llamada de su amiga para pedirle perdón por el accidente.
-De verdad, que te sientas fatal no va a hacer que yo me sienta mejor. Nos podía haber pasado a cualquiera, así que olvídalo, en serio.
Tenía todo preparado: planchador, música para cantar y bailar y plancha perfectamente caliente. Creía que había colocado bien la sábana pero, cuando iba a empezar la tarea, comenzó a resbalarse y tuvo que echar las dos manos para evitar que cayera al suelo, sin darse cuenta de que ya había cogido la plancha. Vio el desastre demasiado tarde: la sábana terminó en el suelo y la plancha sobre su dedo; el mismo en el que el verano anterior se había cortado con el ventilador cuando intentaba manipularlo mientras estaba funcionando. Un grito y todos los tacos que se le vinieron a la mente sirvieron para soltar adrenalina, pero el intenso dolor consiguió que unas lágrimas aparecieran en sus ojos. Miró el reloj: las diez de la mañana. Cerró los ojos y suspiró profundamente; todavía quedaban muchas horas para que acabara aquel fin de semana infernal, así que imagino que tendría más oportunidades para llorar con ganas. Estaba segura de que su mala racha de desgracias no había terminado.Ya lo dijo Murphy: si algo es susceptible de empeorar, lo hará.
Texto Ana María Blanco Estébanez