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lunes, 6 de junio de 2022

Val y la buena suerte



 

   Una agonías, sí; lo sabía, lo reconocía y lo aceptaba. Val veía siempre todo lo negativo antes que lo positivo, lo que hacía que viviera en un casi permanente estado de ansiedad, porque, la verdad, Val tenía muy mala suerte, así que había aprendido a prever todo lo previsible y a maquinar las peores situaciones que su mente era capaz de imaginar. Y lo que más la sacaba de quicio era ver que, ante escenarios en los que ella veía llegar la catástrofe, la gente a su alrededor parecía no darse cuenta de nada y seguían como si tal cosa.

   Y eso es lo que estaba pasando en ese momento: una comida con sus compañeros de trabajo en la que todo había salido a pedir de boca....y nunca mejor dicho; manjares deliciosos, y una conversación amena y divertida en una sobremesa que estaba a punto de terminar. Fue un instante que apenas duró un segundo, pero Val juraría que la mesa se había movido. Sin embargo el resto siguió hablando como si nada. ¿Habría sido un extraño efecto visual? Pero espera, otra vez; ahora estaba segura: la mesa se movía. Pero si los demás no lo veían, ¿qué estaba pasando?

   -Val, cielo, sólo has tomado agua, así que no es un problema de bebida-se dijo a sí misma. 

   Pero no había duda: era un movimiento apenas perceptible y, si sólo lo veía ella, entonces estaba claro que algo nada bueno estaba pasando. Lo peor que se le vino a la mente fue un ataque de vértigo: era propensa y la última vez había durado más de dos meses, así que de sólo imaginar lo que la esperaba hizo que empezara a preocuparse muy seriamente. Estaba a punto de decirles que se encontraba mal, cuando el redondo tablero se inclinó y cayó sobre ella. El jefe de sala y los camareros acudieron inmediatamente: uno de los caballetes no debía de estar bien abierto y había terminado por cerrarse, dejando de sujetar esa sección de la tabla. Sus compañeros, atónitos, tardaron en reaccionar y se sorprendieron cuando vieron a Val tranquila y sonriente.

   -¿Estás bien?-preguntaron, acercándose cuando el mueble volvió a su sitio.

   -¿De verdad que ninguno vio que se movía?-preguntó ojiplática.

   -¿Se movió?-nadie había visto nada.-¡Qué mala suerte que te cayera encima!

   -¿Mala suerte? A ver, como no decíais nada y no he bebido, pensaba que me estaba dando un vértigo, además las copas y los platos estaban vacíos y la vela apagada, así que, cuando han rodado hacia mí, ni me he manchado ni me he quemado. Yo diría que he tenido muy buena suerte....por una vez-les contestó riéndose.

   Lo cierto es que había otra razón para que la catástrofe hubiera quedado en un pequeño accidente: aquel enorme tablero pesaba un montón y podía haberla hecho bastante daño, si no hubiera sido porque tenía las piernas cruzadas, lo que hizo que pudiera sujetarlo mejor. Sabía que aquella posición no era la mejor para su espalda ni para la circulación, pero, mira por donde, a veces, saltarse las normas terminaba siendo lo más ventajoso. Y recordó aquel día que....

   Montse y ella estaban dando un paseo tras uno de esos cafés de historias interminables, cuando llegaron a un cruce con el semáforo rojo. Esperaron unos segundos y Val, tras asegurarse de que no se veía ningún vehículo, comenzó a cruzar.

   -Oye, que está en rojo-la recriminó Montse.

   -Tía, que no viene nadie. Podemos quedarnos en la mediana sin peligro.

   No muy convencida, Montse la siguió. Un par de segundos más tarde, el semáforo se puso en verde y terminaron de pasar al otro lado. Nada más pisar la acera, un estruendo las hizo girarse, justo para ver cómo un pequeño vehículo aterrizaba, tras lo que parecía un enorme salto, en medio del paso de peatones. Afortunadamente nadie estaba cruzando. La conductora del auto salió tambaleándose, sujetándose el cuello con una mano mientras con la otra iba apoyándose en la carrocería.

   -No lo he visto; juro que no lo he visto-decía un chico que salió de la furgoneta que había embestido al coche.

   -¿Qué no has visto?¿El semáforo en rojo?¿El automóvil parado? Pero ¿a qué velocidad ibas que has hecho que saltara por los aires?-la gente había empezado a arremolinarse y, mientras unos se acercaban a la conductora para hacer que se sentara a esperar una ambulancia, otros se encargaban del chaval que parecía estar al borde de un ataque de nervios.

   Val y Montse observaban la escena desde la acera de enfrente, con el corazón a cien, como si estuvieran viendo una película.

   -¿Qué opinas ahora de saltarnos el semáforo en rojo?-preguntó Val-¿Te das cuenta de que, si hubiéramos esperado a cruzar, ahora estaríamos debajo de aquel coche?

   Sí, Val tenía una muy muy mala estrella, aunque había veces, poquitas, pero las había, en que sus oscuros pensamientos dejaban de tramar complicadas confabulaciones en su contra, y hasta llegaba a sentirse algo afortunada.



Texto Ana María Blanco Estébanez
Todos los derechos reservados

jueves, 12 de agosto de 2021

Cuando los dioses se aburren

 



   Para no variar, Silvia se había quedado otro año más sin ese maravilloso viaje de vacaciones con el que llevaba tiempo soñando: no pudo coincidir con casi ninguna de sus amigas y las que sí cogían días al mismo tiempo que ella, no se atrevían a hacer viajes largos debido a la pandemia. Pero como era de las que veía lo positivo en cada desastre, disfrutaba de todas las excursiones de ida y vuelta que hacían para conocer los lugares más cercanos...además de estar dejando la casa como los chorros del oro.

   Esa mañana, al mirarse en el espejo y ver su larga melena encrespada, decidió que había llegado el momento de ponerse en manos profesionales y llamó a su peluquera para que le diera una cita. Sorprendentemente (la lista de espera era casi comparable con la de su médica de cabecera), tenía un hueco esa misma tarde, así que, después de comer, y tras elegir ropa varias veces (el verano estaba siendo atípico y no hacía el calor que debería, para ser primeros de agosto), se puso un vestido de tirantes negro con falda de vuelo por encima de la rodilla, unas sandalias beige casi planas y un bolso bien colorido para que destacara.

   Al salir del portal, una bocanada de aire caliente confirmó que había elegido bien su indumentaria porque era una tarde abrasadora. De camino a la peluquería decidió que, a la vuelta, se zamparía otro helado; llevaba varios ese verano y, aunque no era algo que le gustara excesivamente, habían abierto varias tiendas en la avenida que recorría a diario en las que los vendían artesanos, a precio desorbitado, y de sabores que hacían que tu boca empezara a salivar cual muerto de sed en el desierto ante la visión de un oasis.

   -A ver qué puedo hacer con las greñas que me traes-le dijo Rebeca mientras la acompañaba al lavabo. Ya estaba acostumbrada porque era lo mismo que le decía cada vez que tardaba más de un mes en ir a verla....y esta vez hacía casi cuatro.

   Se pusieron al día de sus vidas mientras el tratamiento con champú, mascarilla de queratina y corte de puntas abiertas dejaba su melena hidratada, brillante y lista para posar ante el fotógrafo de moda más exigente.

   Dio un pequeño rodeo porque quería ir a la última heladería que habían abierto, y, como le había pasado con las otras, al plantarse delante del cartel con los sabores, tardó en elegir ante tanta delicia. Esta vez se decantó por uno de tarta de queso con cucurucho de chocolate; puestas a no mirar calorías, se imaginó el contraste de sabores....y no se equivocó. Se colgó el bolso en bandolera y salió de la tienda lamiendo la enorme bola, mientras veía cómo la gente con la que se cruzaba la miraba con  envidia.

   De repente sintió una gota fría en el pie, miró y vio una mancha blanca: hacía tanto calor que el helado se estaba deshaciendo muy rápido. Empezó a chupar, sorber y morder a toda velocidad, lo que supuso una tortura para sus sensibles dientes, y aún así, aquella bola seguía ganándola. Una racha de viento pegó un trozo de melena en el helado al mismo tiempo que otro mechón se metía en su boca, así que tuvo que sujetar como pudo su pelo con la mano que tenía libre. El aire no paró y lo ideal habría sido ponerse el coletero que siempre llevaba en el bolso, pero no tenía dónde dejar el sabroso cucurucho, así que siguió caminando haciendo malabarismos ante la divertida (ya no envidiosa) mirada de la gente.

   La mano izquierda estaba pegajosa, con una mezcla de helado y chocolate derretidos que ya había caído también en el vestido. La derecha a duras penas lograba sujetar el pelo porque las ráfagas de aire eran cada vez más fuertes. Silvia se dio cuenta de que aquello podía ir a peor si el bolso no conseguía mantener la falda en su sitio. Buscó con la mirada un banco donde sentarse hasta terminar el helado, pero nada: la tercera edad de la zona los acaparaba todos. Se acercó a la fachada, buscando un poco de remanso, y un viento huracanado, que formó remolinos con las hojas, levantó su vestido como en la escena de aquella película, aunque la famosa actriz tenía sus manos para que, aunque resultara sensual, no llegara a enseñar nada. Silvia no tuvo esa suerte: se pegó a la pared y soltó su melena que, libre, volvió a pegarse al helado y a su cara. Aun así, una mano no fue suficiente.

   -Ey, Marilyn. ¿Te ayudo?-aunque sólo podía verle entre mechones de pelo, reconoció su voz. Era lo que la faltaba: Sergio. Después de meses tonteando sin conseguir ni una cita, se había rendido y llevaban semanas sin hablar...y tenía que ser precisamente en ese momento cuando apareciera.

   Se pegó a ella. Silvia por fin pudo encargarse de su pelo otra vez.

   -¿Me lo sujetas un momento, porfa?-le dijo dándole el pegajoso cucurucho. Se limpió las manos con una pañuelo de papel, sacó el coletero y en un par de segundos se preparó un moño bajo que mantuvo a raya los mechones más largos.

   -Muchas gracias, de verdad. No sé qué habría hecho si no llegas a aparecer-suspiró mientras le quitaba el helado y empezaba a chuparlo de nuevo.

   -Voy a recoger a los niños. Están en la piscina con unos amigos y se los tengo que llevar a su madre. ¿Te apetece quedar en un par de horas? Te paso a buscar con el coche y nos vamos a Simancas a alguna de las terrazas de la orilla del río.

   Silvia intentó disimular su sorpresa: ¿le estaba pidiendo una cita por fin? No, si al final, aquella aventura catastrófica iba a ser para bien.

   -Vale-respondió con un trozo de oblea de chocolate en la boca e intentando parecer indiferente.-A ver si tenemos suerte, porque parece que se está preparando un tormentón.

   Y acertó: había avanzado unos metros después de separarse de él, cuando un trueno, seguido de unas enormes gotas dispersas por el fuerte viento, preludió lo que no tardó más de dos minutos en empezar. Como la mayoría de la gente, Silvia entró en uno de los comercios para protegerse. En menos de un cuarto de hora el sol volvía a brillar, aunque las aceras estaban completamente encharcadas.

   Se acercó al semáforo y descubrió que, como de costumbre cada vez que llovía un poco más de lo normal, se habían formado charcos prácticamente insalvables en los pasos de peatones. El peor estaba en el primer tramo del cruce, así que corrió hacia la mediana, justo antes de que se pusiera en rojo, para evitar que la salpicara un coche.

   -¡Cuidado!-Al oír el grito se volvió y vio a un hombre que, al no haber nadie más por allí, evidentemente se dirigía a ella. Por el rabillo del ojo lo vio venir y supo que estaba perdida: un coche a una velocidad que a ella le pareció supersónica, estaba llegando a la laguna formada a su espalda. No parecía dispuesto a frenar y Silvia no podía cruzar a la siguiente mediana sin que otro coche la atropellara. Se apartó lo que pudo y se pegó encogida al árbol que estaba al lado del semáforo. Una ola de agua sucia cayó sobre ella empapándola el pelo, el vestido, las sandalias y el bolso. El hombre llegó a su lado y sacó un pañuelo que guardó inmediatamente, sin saber qué decir o qué hacer ante su lamentable estado.

   Llegó a casa chorreando. La gente la miraba intentando averiguar qué podía haberle pasado. Se negó a llorar; sólo pensaba que tenía una hora para ponerse en condiciones para disfrutar de la cita que llevaba tanto tiempo esperando. Puso la lavadora y se metió en la ducha. Ya estaba prácticamente preparada cuando sonó el teléfono: Sergio.

   -Jo, me vas a matar, pero no podemos quedar: mi ex quiere hablar conmigo.

   -¿Y no podéis hacerlo otro día?-preguntó.

   -Es de los niños y no quiero que me monte un pollo. De verdad que lo siento. Pero mañana te llamo y....

   Silvia colgó. No le apetecía oír nada más. Se puso el pijama, se recogió el pelo con una pinza y metió una pizza en el horno. Sacó la ropa de la lavadora y la tendió. Al sacudir bien el vestido para que quedara estirado, uno de sus tangas cayó sobre las cuerdas de abajo.

   -Mañana bajo a por él y así conozco a la vecina nueva-pensó viendo que ya era un poco tarde. Sabía que el piso lo había comprado una mujer soltera ya mayor, pero todavía no habían coincidido.

   Sacó la pizza, la cortó y se metió un trozo en la boca mientras terminaba de preparar la mesa. Estaba abrasando y apenas podía masticarla. El timbre de la puerta sonó un par de veces y fue a abrir. No se acordaba de que cuando entró, para no entretenerse y poderse quitar el mojado vestido lo antes posible, había dejado el bolso y las sandalias tirados en el suelo, en la entrada. No había encendido la luz del pasillo, así que no los vio. Al tirar del manillar notó que pisaba algo, pero no miró; al terminar de dar el paso, justo cuando la puerta se abrió del todo, tropezó y cayó de rodillas. 

   -¿Estás bien?-unas manos la ayudaron a levantarse. Según se iba incorporando se encontró ante el moreno de ojos oscuros más impresionante que había visto en mucho tiempo.-Creo que esto es tuyo. Mi tía me ha pedido que te lo suba-dijo entregándole el tanga.

   -Gracias-masculló Silvia con el trozo de pizza todavía en la boca, las rodillas doloridas y roja como un tomate. Cerró la puerta de golpe deseando que todo fuera una pesadilla.

   Pero como no lo era, puso la cena en una bandeja, apagó el móvil, buscó entre sus pelis Los puentes de Madison, cogió una caja de pañuelos y se sentó en el sofá. Comer y llorar era lo único que le pedía el cuerpo, así que era a lo que se iba a dedicar.....suponiendo que los dioses, para seguir entreteniéndose a su costa, no decidieran estropearle también el final del día.
  

   

Texto Ana María Blanco Estébanez
Todos los derechos reservados

jueves, 18 de febrero de 2021

Hoy puede ser un gran día.....o no




   Belén abrió un ojo y vio entrar claridad a través de las rendijas de la persiana. No tenía que madrugar, así que no se molestó en mirar la hora. Se dio la vuelta en la cama con una sonrisa en la cara: iba a ser un gran día... y mejor noche; al menos eso esperaba. 

   Cuando entró en la empresa cinco años atrás, descubrió con horror que se hacían dos fiestas anuales: la de Navidad y la de verano. Debido a su timidez, odiaba esos acontecimientos sociales porque solía sentirse muy sola en medio de ese tipo de aglomeraciones; estaba mucho más cómoda en pequeños grupos de gente conocida. La fiesta de Navidad se celebraba por departamentos y no se perdió ninguna: era con los compañeros con los que trabajaba a diario, así que no había problema. En cuanto a las de verano, fue a la primera y juró que no volvería a ninguna más. Lo había cumplido, pero este año era diferente por varias razones: había aceptado todas las oportunidades de mejorar en su trabajo, por lo que había pasado por casi todos los departamentos, así que ya conocía a suficiente gente como para no sentirse aislada en medio de la multitud. Además, en cada fiesta, que se celebraba siempre el último viernes del mes de junio, justo antes de que los empleados empezaran a cogerse las vacaciones, se premiaba la mejor iniciativa o sugerencia que hubiera habido durante el año. Se entregaba una placa y un sustancioso cheque que, unido a la extra, hacía que la persona afortunada pudiera disfrutar de unas muy buenas vacaciones. Su sugerencia sobre cómo optimizar las peticiones de material de los diferentes servicios para agilizar tiempo y evitar duplicidades había resultado la ganadora esta vez, así que era casi obligatoria su presencia; aunque cada vez que pensaba en que iba a ser el centro de atención se le ponían los pelos como escarpias. Y por último, aunque para ella era lo primero, estaba Toño.

   Recordaba haberlo visto alguna vez por los pasillos, pero no fue hasta que empezó a trabajar en el departamento de personal que le puso nombre. Era guapo hasta no poder más y con una cabeza capaz de recordar el más mínimo dato. Eso de salir con alguien con quien trabajas no le iba en absoluto, así que no se planteó nada con él hasta que volvió a cambiar de sección. Nunca se paró a pensar si él sentía el más mínimo interés; ni una sola vez notó que la mirara de forma diferente y su trato con ella era como el que tenía con el resto de compañeros. Pero desde hacía dos meses no dejaba de pensar en esos ojazos negros y, como no era muy lanzada, no sabía cómo tantear la situación. Cuando le dijeron que había ganado el premio y aceptó acudir a la fiesta, sabiendo que él no se perdía ninguna, decidió ir a por todas. Iba a estar tan irresistible que estaba segura de que caería a sus pies, y ya se imaginaba a los dos disfrutando de esas alucinantes vacaciones que se iba a poder permitir ese verano.

   Había pedido el día libre para dedicarse a ella. Tenia planeado cada detalle: no madrugar, una ducha con un exfoliante y una crema que le dejaría la piel suave y olorosa, desayuno, manicura y pedicura, una comida ligera que no le quitara el apetito para la cena, peluquería y maquillaje, y ya sólo le quedaría ponerse la ropa y los complementos que tenía elegidos desde hacía días. Después.....a disfrutar de su gran noche.

   Acababa de darse la crema hidratante cuando sonó el timbre de la puerta. Esperó unos segundos y oyó un par de golpes de nudillos: su vecina Julia. Era la señal que tenían para saber que no era un vendedor plasta y que podían abrir tranquilamente sin ser degolladas por algún psicópata. Decidió ignorarla y pasarse después para ver qué quería, pero el timbre sonó con más insistencia y los golpes en la puerta fueron más fuertes. Algo debía pasarla, así que se envolvió en la toalla de baño y abrió la puerta lo suficiente para poder hablar con ella.

   -Por favor, ven. Es mi madre: se ha caído y no puedo levantarla.

   -Vale, vete con ella. Me visto y voy.

   Se puso unos shorts y una camiseta y corrió hasta la puerta de al lado, que Julia había dejado entreabierta. La llamó.

   -¡En la habitación de mamá!-gritó.

   Cuando Belén entró se encontró a Merce en el suelo, boca abajo y sin moverse, vestida sólo con un camisón de verano. Julia seguía intentando incorporarla, pero era imposible: aunque no muy gruesa, era lo suficientemente grande como para no poder levantarla una persona sola.

   -Espera, vamos a intentar girarla entre las dos.

   Primero la pusieron de lado y luego la dejaron caer suavemente boca arriba. Un pequeño charco sanguinolento apareció en el suelo bajo su cabeza. Tenía los ojos abiertos y parecía asustada, pero era incapaz de moverse o articular palabra.

   -¿Desde cuándo está así?

   -No lo sé. Anoche me quedé en casa de Jaime. Tenía cita para la peluquería a primera hora, así que me ha extrañado que todas las persianas estuvieran bajadas. Cuando he entrado en su habitación me la he encontrado así.

   Julia y Jaime llevaban años saliendo. Cuando iban a fijar la fecha de la boda, los dos se quedaron en paro. Él tenía la casa que le dejaron sus padres, pero ella no quería ser una mantenida. No habían vuelto a encontrar un trabajo que pasara de algunas sustituciones temporales, así que la boda se convirtió en un deseo irrealizable. Sabía que tenían muchos problemas y, de hecho, lo habían dejado varias veces; pero, de momento, podían más sus sentimientos.

   -¿Has llamado a una ambulancia?

   -¿Una ambulancia? No sé....¿Dónde encuentro el número?-Julia estaba claramente en shock. 

   -Llama al 112. Quédate con ella y, si quieres, llamo yo.

   -No, ya lo hago yo. Además, tengo que llamar a mis hermanos. Por favor, no la dejes sola.

   -Tranquila-y Belén se sentó en el suelo, a su lado. El cuerpo de Merce estaba helado, así que tiró de la ropa de la cama y, apoyándola contra su cuerpo, la tapó lo mejor que pudo. Estaba en una postura horrible, pero era imposible moverla y no quería hacerse daño o hacérselo a ella. Se preguntó si estaba consciente; si era así, tenía que estar aterrorizada. Sólo esperaba que sintiera que no estaba sola.

   En menos de media hora llegó la ambulancia, pero a ellas la espera les resultó interminable. Justo cuando se la llevaban en la camilla, después de comprobar que, aunque débil, todavía tenía pulso, llegó el hermano de Julia para ir juntos al hospital.

   -Mucha suerte. Ya os preguntaré qué tal va todo.

   Belén entró en casa y, al mirar el reloj, se dio cuenta de que tenía el tiempo justo para cambiarse y llegar a tiempo a su cita para la manicura y la pedicura. Ni pensar en desayunar, aunque la verdad es que no hubiera podido meter nada en el estómago. De hecho, a la hora de comer, tuvo que obligarse a tomar algo porque seguía con el mal cuerpo que le había dejado lo sucedido por la mañana.

   Cuando salió de la peluquería empezó a centrarse en lo que tenía por delante. Había dejado todo preparado, así que, al llegar a casa se puso el minivestido sin mangas y con una sexi cremallera que lo recorría de arriba a abajo, se aplicó el perfume, se colocó pendientes, reloj, collar, pulseras y anillos y se sentó para abrocharse las sandalias, azulonas como el vestido y con adornos similares al resto de complementos. Comprobó que había metido todo lo que necesitaba en el bolso y cogió la preciosa chaqueta negra con hilos plateados, y calados que dejaban ver el vestido; no la necesitaría de momento, pero seguro que sí lo haría más tarde.

   Tenía tiempo de sobra para llegar al restaurante, así que, antes de salir, se detuvo para mirarse en el espejo del pasillo. Sonrió. No debería ser ella quien lo dijera, pero estaba espectacular: si la ropa resaltaba las curvas de su cuerpo, su lacia melena oscura, transformada en una espectacular cascada de rizos (más de una hora de sudar con las planchas le costó a su peluquera), con un semi-recogido que imitaba un lazo, junto al maquillaje natural, pero resaltando sus preciosos ojos azules, la habían convertido en una chica diferente: guapa, elegante y, a la vez, muy sexi. Esperaba que Toño también pensara igual.

   Siempre celebraban la cena en el mismo restaurante porque no era fácil encontrar uno con salones lo suficientemente grandes y con un precio razonable. Quería llegar pronto para poder elegir sitio y sentarse al lado de Toño en la mesa. Cuando entró en la cafetería, donde les daban un aperitivo mientras esperaban que llegara todo el mundo antes de pasar al comedor, ya había un grupito de compañeros tomando unas cañas. En seguida le vio.....y la vieron. De repente se hizo un silencio y todos se volvieron: al contrario que ella, venían de trabajar, así que, aunque vestidos de una forma correcta, ni ellas ni ellos iban con ropa de fiesta. Belén suspiró y notó cómo se encendían sus mejillas. En fin, ya no había nada que hacer, así que sólo le quedaba una opción: tragarse su timidez y, en vez de asustarse por ser el centro de atención, disfrutar de su noche de gloria.

   Después de la caña, y cuando ya habían llegado casi todos, entraron en el enorme salón. Para disgusto de Belén, ese año lo habían organizado diferente y, como si de una boda se tratara, cada uno tenía asignado mesa y silla. Evidentemente no iba a tener suerte y les tocó en lugares diferentes y distantes. Disfrutó de la cena y, cuando se quiso dar cuenta, estaban en los postres; el momento de la entrega del premio había llegado.

   El Director General pronunció el discurso de rigor. No solía ser excesivamente largo y Belén se preguntaba si no sería el de todos los años; al fin y al cabo, ¿alguien recordaría lo que había dicho? Ya estaba en la parte final, así que prestó atención para levantarse cuando dijera su nombre.

   Se acercó a él, entre los aplausos de todos y con la mejor de sus sonrisas; su mente se quedó en blanco y empezó a temblar pensando que sería incapaz de recordar las breves palabras de agradecimiento.

   -Y, como os estaba diciendo, la crisis en la que continuamos inmersos nos sigue obligando a tomar medidas para economizar todo lo posible. Lamentablemente este año no podemos dar el cheque que siempre ha acompañado a la placa que entregamos a la iniciativa o sugerencia ganadora-añadió mientras le ponía el trozo de metal en las manos.

   Se hizo el silencio. Belén sabía que todos estaban pendientes de ella y quería mantener el tipo como fuera.

   -Muchas gracias-fue lo único que salió de su boca. Se dio la vuelta y se dirigió a su mesa.

   -Bueno, parece que todos economizamos-dijo el Director. Todos se rieron, pero a Belén no le hizo ni pizca de gracia: no había podido hablar más de dos minutos con Toño y, para una vez que ganaba algo, se quedaba sin premio. Adiós a sus vacaciones soñadas.

   Normalmente, al acabar, la mitad de los asistentes se iban a sus casas, mientras el resto seguía de copas en alguno de los bares de la zona. Esta vez no fue diferente y Belén se unió al grupo de los fiesteros; no perdía la esperanza de poder estar con Toño. Pero la noche no estaba a su favor: en el primer sitio al que fueron, cuando ya todos tenían sus bebidas y estaban distribuidos entre los grupos que bailaban y los que intentaban mantener una conversación a gritos, Rubén, el bomboncito de su departamento, al que sacaba casi diez años y que tenía fecha de boda, agarró su cintura y le susurró al oído: 

   -Quiero bailar contigo-la peste a alcohol le hizo echarse para atrás. Aún así, no hubo forma de soltarse de sus garras.

   -A ver, tío, contrólate, que te casas en unos meses.

   -Ya, bueno, pero ella no está aquí....y tú sí-siguió susurrando.

   Estaba segura de que al día siguiente se arrepentiría de lo que estaba haciendo y no quería montar un espectáculo soltándole un bofetón, que era lo que le pedía el cuerpo, así que, recordando la escena de alguna película, le clavó discretamente uno de sus tacones en el pie y no lo levantó hasta que Rubén se dobló dando un grito. Le agarró del brazo y, cuando sus compañeros más cercanos se acercaron para ver qué pasaba les dijo:

   -Ha bebido mucho y su estómago le está pasando factura. Habría que pedir un taxi.

   No hizo falta porque algunos de ellos se iban ya y se ofrecieron a llevarle. Belén se dirigió a la barra a recoger la bebida que tuvo que abandonar cuando la arrastró a la pista de baile y, mientras daba unos sorbos, recorrió el recinto con la mirada hasta dar con él; estaba entre el grupo de bailarines, rodeado de chicas, y a ella no le apetecía pelearse con tanta gata.

   Un rato después, y tras perder a otros miembros del grupo, fueron a otro bar. Toño se ofreció a pedir las bebidas y Belén, viendo que era su oportunidad, se ofreció a acompañarle. Hacía una preciosa noche de verano, así que el resto decidió quedarse fuera mientras ellos entraban en el local.....o lo intentaban: estaba completamente abarrotado. Dieron unos pasos y cambiaron de dirección, pero tampoco había forma de avanzar. De repente una chica, se lanzó al cuello de Toño:

   -¡Cuánto tiempo!¿Qué tal te va? ¿Con quién estás? Quédate con nosotras.....

   La chica siguió gritando pegada a él, que no se volvió ni una sola vez para ver si Belén todavía estaba allí, así que se giró y, entre empujones, logró salir de aquel antro.

   -¿Dónde está Toño?-le preguntaron.

   -Se ha encontrado con unas amigas y le he perdido entre la multitud. No hemos podido pedir porque es imposible moverse ahí dentro. No cabe un alfiler.

   La mayoría decidió dar por terminada la noche, y los pocos que quedaban probaron suerte en el bar de al lado. Al ver que se podía entrar sin problema, uno de ellos mandó un mensaje a Toño para que supiera dónde estaban. Belén dudó si irse ya y, cuando se quiso dar cuenta, había entrado con el resto. Se ofreció a ir a por las bebidas. Estaban preparando las copas de los demás (no sabía cómo eran capaces de tragar tanto alcohol), cuando una voz a su espalda le hizo dar un brinco.

   -Me han dicho que estabas pidiendo y vengo a ayudarte-le dijo sonriendo.-¿Absenta?-preguntó señalando el vaso verde que tenía frente a ella.

   Estaban en una de esas antiguas tascas de la zona vieja donde, cuando todavía se podía fumar, podías salir de allí con un buen colocón. Con el tiempo se había transformado en un bar musical, aunque seguía teniendo ese aire cutre que recordaba de su época universitaria.

   Miró el mejunje y, sin pensarlo, lo bebió de un trago, poniendo la cara de asco que se pone si eres capaz de ingerir ese veneno, ante la sorpresa de Toño, que con los ojos y la boca completamente abiertos, fue incapaz de decir nada.

   -Estos chupitos de kiwi cada vez son más empalagosos-dijo muy seria. 

   -Y además con sentido del humor-respondió él.-Otra sorpresa que me das esta noche.

   -¿Otra?

   -Bueno, ya sabía que eres guapa, pero esta noche....

   -¿En serio? ¿Por qué has tardado tanto en decírmelo?

   -No he tenido oportunidad: en la cena hemos estado en zonas lejanas, luego no te separaste de Rubén y hace un rato me dejaste tirado en el otro bar; me di la vuelta y habías desaparecido.

   -Ya.....no sabía que te habías dado cuenta. Estabas con tus amigas y sentí que sobraba. En cuanto a Rubén.....

   -Fuiste muy hábil con el tacón-así que lo había visto.-Había bebido demasiado y seguro que mañana se siente avergonzado. De todas formas, no le culpes por lo que hizo: estás realmente preciosa.

   Tragó saliva. ¿Por fin se iba a lanzar?

   -Que dicen que si estáis destilando el alcohol. Hay que ver lo que estáis tardando-la voz estridente de Mamen les sobresaltó.-Anda, pero si ya las han puesto. A ver, chicos, despertad, que estamos esperando. 

   Toño cogió un par de vasos y cuando Belén iba a coger los otros, la rubia oxigenada se adelantó.

   -Déjalo bonita, ya las llevamos nosotros.

   Había estado en la empresa toda su vida laboral y sabía todo lo que había que saber, aunque nadie tenía ni idea de a lo que se dedicaba. Miraba a todo el mundo por encima del hombro y se creía imprescindible. Nunca había trabajado con ella, pero los compañeros que sí lo habían hecho echaban pestes sobre lo vaga, charlatana e insufrible que era. La pregunta que todos se hacían era: ¿por qué no la habían echado?¿A quién tenía tan agarrado como para seguir manteniéndola allí a pesar de todo?

   Belén no supo reaccionar a semejante respuesta y, cuando se quiso dar cuenta, habían vuelto los dos a por sus bebidas, que habían dejado en la barra para servir las de los demás. Su esperanza de que cogiera el vaso y les dejara solos se esfumó en cuanto se plantó en el medio y empezó a parlotear sin parar. Se dirigía sólo a él y se fue girando poco a poco hasta dar la espalda a Belén que, sin bebida y completamente marginada, decidió que había llegado el momento de irse a casa. Por un momento pensó en darle un empujón disimulado que derramara el líquido de la copa y tuviera de irse al baño, pero con la suerte que estaba teniendo se temió que terminara cayendo sobre ella. 

   -Bueno, os dejo, que ya se ha hecho muy tarde para mí-les dijo interrumpiendo a Mamen.

   -¿Tan pronto?-preguntó Toño mirándola sorprendido.

   -Déjala, se ve que está agotada. Mira esa carita demacrada.

   Se dio la vuelta sin responder a ninguno pero deseando que todos los males del universo cayeran sobre esa pelandusca.

   Salió y se quedó parada en la puerta del bar. Todavía hacía bueno, aunque ya había empezado a refrescar, así que se puso la chaqueta. Avanzó unos pasos y se paró otra vez. ¿Y si estaba deshaciéndose de Mamen y salía para irse con ella? Al cabo de unos minutos, por fin aceptó la realidad: no iba a salir. Eran casi las cuatro de la mañana, sus pies empezaban a quejarse por llevar horas con los tacones y su estado de ánimo estaba por los suelos. Tenía una media hora de paseo hasta casa, pero decidió ir andando; lo único que faltaba para rematar la noche era que se mareara en el taxi y llegara con el estómago revuelto.

   Durante el camino fue pensando en la mala suerte que había tenido. Era una mezcla de tristeza, enfado y humillación. Dio la vuelta a la esquina para enfilar su calle y vio un coche aparcado a la altura de su portal. "Una parejita despidiéndose", pensó. Se abrió la puerta del copiloto y apareció Julia. Al ver a Belén acercarse la esperó para entrar juntas.

   -¿Vienes ahora del hospital?¿Cómo está tu madre?

   -No, del tanatorio. Lo intentaron todo, pero no superó el ataque y falleció a las cuatro. Ha sido una tarde muy larga. La familia ha empezado a llegar a última hora y no se han ido hasta hace un rato. Me ha traído Jaime; le he dicho que se vaya porque necesito estar sola. Estoy tan cansada....

   -No sabes cuánto lo siento-respondió mientras la abrazaba. En ese momento se dio cuenta de que su desgraciada noche no era nada comparable con lo que habían pasado ellos.
   
   Cuando llegaron a su piso cada una se dirigió a su puerta, pero Julia sacó la llave y su mano empezó a temblar. Ni siquiera pudo acercarla a la cerradura.

   -¿Quieres venir a mi casa? 

   -No. Estarás cansada y no creo que pueda pegar ojo. No quiero que pases la noche en vela por mi culpa.

   -Tranquila; te aseguro que yo tampoco podré dormir. Ya sabes que soy un imán para la mala suerte.....y hoy no ha sido diferente.

   -¿Y eso? Pero si era tu gran noche-respondió Julia sorprendida.

   -Pasa. Preparo unas infusiones y te cuento y me cuentas.

   Y así pasaron las siguientes horas: riendo y llorando juntas, como cuando eran adolescentes y se quedaban a dormir la una en casa de la otra. Al amanecer se habían dormido en el sofá. Una soñando con su infancia, cuando sus padres les protegían a ella y sus hermanos y parecía que fuera a durar para siempre, como si nada malo pudiera sucederles. La otra disfrutando de unas vacaciones perfectas junto a un morenazo de sonrisa encantadora pendiente de sus más mínimos deseos, mientras una camarera rubia de bote y de lo más patosa no dejaba de tropezar y derramarse encima todas las bebidas. Y las dos sonrían por ver cumplidos sus deseos.....aunque sólo fuera en sueños.

   

   
Texto Ana María Blanco Estébanez
Todos los derechos reservados

miércoles, 3 de febrero de 2021

Solamente un día

 


https://youtu.be/KpweJJdgvKI


   Como se imaginaba, apenas había podido pegar ojo en toda la noche. Entre el remusguillo del lumbago que llevaba soportando desde hacía dos días y los nervios por el tratamiento con láser, su cuerpo y su mente se habían confabulado para no dejarle enlazar más de tres horas de sueño. Y, para colmo, cuando estaba empezando a adormilarse de nuevo, un ruido sordo de motor en funcionamiento la espabiló de repente. Miró la hora: las 7 de la mañana. ¿Quién demonios podía ser? Oyó cómo sus vecinos de alrededor se levantaban. Recordó que iban a venir temprano a pulir el suelo de las escaleras, pero ¿a las 7 de la mañana? ¿Era legal eso? En fin, estaba claro que no iba a poder dormir más, así que también se levantó y, mientras se duchaba, no dejaba de darle vueltas a lo de su ojo. Cierto que le habían asegurado que no era doloroso y que no duraba más de cuarto de hora, pero el hecho de tener una lente ahí metida mientras un láser lanzaba rayos no era algo para tranquilizar a Una, precisamente.

   Llegó pronto a la consulta. Era la primera cita, así que sabía que en cuanto llegara el doctor pasaría rápido. Fue muy puntual, pero Una se dio cuenta en seguida de que algo raro pasaba porque le vio salir y entrar en los diferentes despachos mientras preguntaba a sus colegas por el ordenador. Su corazón comenzó a latir más rápido; esperaba que no fuera nada grave. Se lo tenían que haber hecho tres semanas atrás, pero el oculista cayó enfermo y se lo aplazaron. Esta vez resultó que era un problema informático, que solucionaron de la forma tradicional: tirando de expedientes en papel.

   Cuando examinó el suyo, ni siquiera la llamó.

   -No te muevas, que primero te tengo que poner unas gotas de anestesia y te quedas en la sala de espera, mientras busco a alguien que me arregle lo del ordenador.

   Diez minutos más tarde, y tras la infructuosa búsqueda, se rindió a la evidencia: tendría que olvidarse de la informática.

   -Pasa conmigo a la sala del láser-le dijo mientras la acompañaba.

   Como se temía, para evitar el calentamiento del aparato, hacía un frío horrible e, incluso con las tres capas de ropa que llevaba, o quizás por los nervios, no podía dejar de tiritar.

   Le indicó el incómodo taburete en el que tenía que sentarse y le puso la segunda gota de anestesia. Se sentó frete a ella y tras mirarla fijamente, con cara de sorpresa le dijo:

   -Aquí falta algo.

   Una, que ya estaba bastante nerviosa, no sabía si era broma o se había olvidado de llevar alguna cosa. Miró a derecha e izquierda, como acababa de hacer él, y se encogió de hombros.

   -Falta el láser.

   -Bueno, en algún sitio estará-respondió ella, preguntándose cuál era el problema. No tenía ni idea de cómo era el aparato, pero si no estaba allí, que fuera a buscarlo.

   -Ya, es que si no está aquí es porque está estropeado. Me temo que hoy tampoco puedo hacértelo.

   Una abrió la boca sin saber si reír o gritar.....y la volvió a cerrar sin emitir ni un sonido. Cogió el abrigo y el bolso y salió tras él de la sala. Se dirigieron a recepción donde le confirmaron que se lo habían llevado hacía varios días y que todavía tardaría otra semana, como poco, para que lo devolvieran.

   -No sabes cuánto lo siento. La semana pasada no tuve que usarlo y nadie me informó-le dijo, terminando la frase con un tono que daba a entender que alguien iba a pagar esa falta de comunicación.

   -¿Sabes que es la segunda vez que me lo aplazas?

   -Estás la primera en la lista. En cuanto nos lo devuelvan te llamamos para hacértelo inmediatamente.

   Una salió de la clínica preguntándose si aquello no sería una señal. Si el tratamiento no fuera necesario, se plantearía muy seriamente hacérselo, pero las opciones no le convencían demasiado, así que no le quedaba otra que volver a intentarlo. Esperaba que a la tercera fuera la vencida.

   Se fue a trabajar, ante el asombro de sus compañeros, que no podían creer la mala suerte que estaba teniendo. La mañana resultó agotadora, así que después de comer y recoger la cocina y el baño se dispuso a descansar: una infusión, la manta eléctrica y alguna peli. Iba a poner a calentar el agua para su té, cuando un estruendo de pasos, gritos, risas y cajas cayendo al suelo la sobresaltó. 

   -Mierda, el telefonillo-recordó que los estaban cambiando y estaba claro que tocaba su planta. Adiós al descanso. A ver si acababan pronto.

   El timbre sonó y al otro lado de la puerta apareció un mocetón cargado con una cajita y un destornillador, que alucinó cuando vio lo antiguo que era el aparato de su casa.

   -¿De verdad hace falta cambiarlo? Funciona estupendamente y, por mi experiencia, si no está estropeado es mejor no tocarlo.

   -Ya, pero es que la mayoría de los vecinos sí tienen problemas y, como vamos a cambiar el sistema completo, el tuyo ya no funcionaría.

   Encendió la luz del pasillo para que pudiera trabajar y se sorprendió de no ver la claridad habitual. Los dos miraron hacia arriba.

   -Anda, si se ha fundido un  halógeno-dijo, pensando cuántas cosas más le iban a pasar.

   -No te preocupes que tengo una linterna.

   -Lo que más rabia me da es que no tengo ni idea de cómo cambiarlo.

   -Si es facilísimo: tiras de la pestaña, sacas la lámpara fundida, colocas la nueva y vuelves a poner la pestaña.

   Ya, facilísimo cuando lo has hecho muchas veces y sabes de qué va, pensó. Inmediatamente recordó que siempre guardaba repuestos y que no podía perder la oportunidad de tener a un experto, así que le dejó solo, se dirigió al cajón de las bombillas (una ventaja de tener un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio) y apareció en menos de un minuto cargada con la escalera, ante el asombro del joven, que debió pensar que, por dar tantas explicaciones, le iba a tocar hacer algo más que cambiar el aparato que tenía en la mano. Para su alivio, ya que no sabía cómo negarse sin parecer un grosero, Una empezó a subir la escalera y, siguiendo sus indicaciones, la cambió sin problemas.

   -¿Es lo bastante grande como para tapar el hueco que deja en la pared el otro?-le preguntó cuando vio el espacio de diferente color que apareció al quitar el antiguo telefonillo.

   -Yo creo que sí-le respondió mientras lo colocaba.

   El resultado no era perfecto, aunque mucho mejor de lo Una se temía: tapaba casi todo excepto una pequeña línea a la derecha.

   -Si tienes algo de pintura se arregla en un momento. O si no, en los chinos venden tarros pequeñitos.

   -No hace falta: tengo masilla blanca. Con un poquito bien extendido no quedará ni rastro.

   Así que cuando se fue, primero Una tuvo que utilizar agua y un trapo para recoger los restos de pintura y polvo que había producido el cambio del trasto. Su espalda reaccionó con varios pinchazos de dolor. Luego cogió la masilla y, con mucho cuidado, fue tapando ese pequeño espacio que se veía. Cuando acabó, se alejó para ver mejor el resultado y quedó satisfecha. Recogió todo y se dispuso a descansar un ratito antes de cenar.

   Un día largo y agotador. Si bien lo del láser no podía dejar de decepcionarla y frustrarla, tenía que reconocer que, si el halógeno del pasillo iba a fundirse de todas formas, había tenido suerte de que sucediera cuando había alguien con ella que pudiera explicarle cómo cambiarlo. 

   Entre el sueño y el dolor de espalda no podía más, así que se chutó un antiinflamatorio con la cena, decidida a llamar al fisio en cuanto pudiera, se puso la manta eléctrica, zapeó durante un rato y se fue a la cama esperando que esta vez Murphy fallara y el siguiente día no fuera peor que el acababa de terminar. 

   

   

Texto Ana María Blanco Estébanez
Todos los derechos reservados


miércoles, 10 de abril de 2019

La Ley de Murphy


   Otra sonrisa bonita que se cruzó en su vida sólo para convertirse en un gilipollas inmaduro que no sabía lo que quería.....aunque tenía claro que no era a ella. Y, por supuesto, sus amigas no iban a permitirle quedarse en casa tranquilamente; no señor, habían preparado un fin de semana de chicas para estar con ella, aunque no fuera eso lo que necesitaba ni quería. 

   Era la hora de salir del trabajo y el cielo se había ido oscureciendo de una forma preocupante. Habían dado lluvias para los próximos días, así que no era extraño que la luz pareciera la del ocaso, en lugar de la de las tres de la tarde.

   -Se está preparando una buena-le dijo su compañera.

   -En cuanto ponga un pie en la calle empezará a llover, seguro-contestó ella riéndose.

   Pero se quedó corta. Al salir por la puerta, unas marcas en la acera le indicaron que empezaba a gotear, así que abrió el paraguas y se dispuso a cruzar la calle. Y entonces las cuatro gotas se transformaron no en el aguacero prometido, sino en una tremenda granizada que golpeaba su paraguas y piernas. Apenas podía andar porque las pequeñas bolitas no se deshacían al llegar al suelo y caminar sobre ellas suponía ir patinando peligrosamente. Su objetivo era llegar a los soportales que había dos manzanas a la derecha, pero al paso que iba, cuando llegó, la granizada era una fina lluvia que hacía innecesario buscar refugio. "Vaya forma de empezar el fin de semana", pensó, "aunque si sigue así, tendré la disculpa perfecta para no salir mañana".

   Y, efectivamente, esta vez, los del tiempo no fallaron en su pronóstico y el sábado amaneció frío y con un vendaval que hacía que la lluvia cayera horizontalmente. Así que cuando sonó el teléfono sabía exactamente lo que iba a decir.

   -Hola, hemos quedado esta tarde-le dijo una voz alegre y cantarina.

   -Mira, con el día que hace.....

   -Vamos a ir al cine a ver Green Book-siguió sin escucharla-. Ya sólo la ponen en los Broadway, así que te pilla cerquita. Nos vemos allí a las ocho, ¿vale?

   -Vale-fue lo único que pudo responder. Qué listas eran. Menuda encerrona habían preparado. Sabían que hacía meses que quería verla y siempre ocurría algo que lo impedía. Además, aquellos cines estaban cerca de casa, así que no había forma de poner una disculpa creíble. Eso sí, se pondría unos vaqueros, una camiseta y, en cuanto acabara la película, de vuelta a casita.

   Sin embargo, a las seis de la tarde los brillantes rayos del sol se fueron abriendo paso entre los negros nubarrones y, aunque muy fría, la tarde se quedó de lo más luminosa, así que cuando fue a vestirse, cambió los vaqueros y la camiseta por los botines de tacón y un minivestido con lentejuelas que hacían que brillara más que una bola de discoteca.

   Cuando llegó al cine parecía que media ciudad había tenido la misma idea porque la cola llegaba hasta el Paseo Zorrilla. Al llegar a la taquilla, medio congeladas, la opción que les dieron era la quinta o la última fila. Iba a decir que la quinta cuando sus amigas se adelantaron y pidieron la última.

   -Madre mía. Vosotras no habéis venido a este cine, ¿verdad? A ver, la imagen y el sonido son buenos, pero las salas no se parecen a las nuevas; apenas tienen inclinación, así que esperemos que no se nos ponga un Romay delante o tendremos que coger asientos para niños.

   La última fila de su sala estaba encajonada detrás de una columna, entre tres paredes; teniendo en cuenta que el espacio entre filas era el justo para sentarse sin cruzar las piernas, una sensación de claustrofobia las invadió. Afortunadamente la película era muy buena y el tiempo se pasó volando.

   A la salida, se encontraron una noche gélida y brillante. La lluvia había arrasado con esa contaminación que llevaba semanas instalada sobre la ciudad. Decidieron ir a picar algo, pero todo estaba lleno. Entraron en el primer bar en el que vieron un hueco y, mientras unas iban a pedir a la barra, las otras se encargaron de vigilar cuándo quedaba una mesa libre. Consiguieron una, también encajonada en un rincón; pero lo importante era tener un sitio donde dejar las bebidas y los platos.

   No llevaban cinco minutos sentadas cuando sucedió todo. Ocurrió en un par de segundos: un movimiento de un brazo a su izquierda empujando una copa de mosto llena, que se cae sobre ella, que intenta levantarse, pero no hay espacio y ve cómo todo el líquido rojo se derrama sobre su bolso y vestido y escurre por sus medias hasta terminar bajando hasta sus pies. Como puede sale del rincón y va al servicio, pero, excepto secarlo todo, no consigue hacer desaparecer el estropicio.

   -Lo siento, chicas, pero me voy a casa. Estoy empapada y pegajosa y necesito quitarme todo esto. Pasadlo bien, por favor.

   Intentaron convencerla, pero no aguantaba más. Estaba claro que no tenía que haber salido. Lo único que quería era llegar a casa cuanto antes y cogió todos los atajos que se le ocurrieron. De hecho, cuando se quiso dar cuenta iba por el Campo Grande. No había nadie más, claro; la gente solía ir por la otra acera , mucho más iluminada. De repente sintió cómo el miedo empezaba a asomar, pero estaba tan cabreada que terminó pensando que si alguien le salía al paso iba a recibir un bolsazo, patadas y puñetazos; sería una forma de desahogar toda la frustración que llevaba dentro.

   Eran casi las doce cuando entraba en casa. Se quitó la ropa y la dejó a remojo; no quería que las manchas se secaran más todavía. Se puso el pijama y empezó la tarea de intentar limpiar los botines y el bolso. El mosto había entrado por cada hendidura y tuvo que repetir la tarea porque las marcas no terminaban de salir. Frotó bien la ropa y parecía que quedaba limpia, así que lo aclaró todo, lo tendió.....y se metió en la cama. Era la una y media; estaba helada y agotada, por lo que se quedó dormida enseguida.

   Una musiquilla invadió su sueño. Una neurona se despertó lo suficiente como para advertirle de que era el móvil. Lo cogió e iba a contestar cuando otra neurona le hizo fijarse en la hora, las seis y media, y en la persona que llamaba. "Ésta se ha confundido"-pensó cuando vio que era su amiga maltesa que vive en Australia.

   Se dio media vuelta, pero ya no podía dormirse. El móvil volvió a sonar; esta vez para avisar de un whatsapp.

   -Sorry, Ben was playing with my phone.

   -Don't worry. I love to wake up early on Sunday mornings- respondió, mientras se preguntaba cuáles serían las probabilidades de que un enano de tres años, jugando con el móvil de su madre en Australia, entre todos los contactos, fuera a dar con una pobre españolita que estaba plácidamente dormida

   No hablaba con ella desde Navidad, así que aprovecharon para ponerse al día. A las siete decidió levantarse. Tenía mucha ropa que planchar y estaba claro que ya no podría dormir más.

   Después de desayunar recibió la llamada de su amiga para pedirle perdón por el accidente.

   -De verdad, que te sientas fatal no va a hacer que yo me sienta mejor. Nos podía haber pasado a cualquiera, así que olvídalo, en serio.

   Tenía todo preparado: planchador, música para cantar y bailar y plancha perfectamente caliente. Creía que había colocado bien la sábana pero, cuando iba a empezar la tarea, comenzó a resbalarse y tuvo que echar las dos manos para evitar que cayera al suelo, sin darse cuenta de que ya había cogido la plancha. Vio el desastre demasiado tarde: la sábana terminó en el suelo y la plancha sobre su dedo; el mismo en el que el verano anterior se había cortado con el ventilador cuando intentaba manipularlo mientras estaba funcionando. Un grito y todos los tacos que se le vinieron a la mente sirvieron para soltar adrenalina, pero el intenso dolor consiguió que unas lágrimas aparecieran en sus ojos. Miró el reloj: las diez de la mañana. Cerró los ojos y suspiró profundamente; todavía quedaban muchas horas para que acabara aquel fin de semana infernal, así que imagino que tendría más oportunidades para llorar con ganas. Estaba segura de que su mala racha de desgracias no había terminado.Ya lo dijo Murphy: si algo es susceptible de empeorar, lo hará.


Texto Ana María Blanco Estébanez
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