martes, 9 de febrero de 2021

Cuando nadie puede hacer nada




   Otra vez le tocó correr para no perder el autobús. Por mucho que lo intentara, no había día que no pasara algo que le hiciera salir con el tiempo justo. Por lo menos esta vez no lo vio pasar delante de sus narices mientras esperaba que el semáforo se pusiera en verde. Se sentó jadeando en uno de los pocos asientos que quedaban libres y, como hacía cada mañana camino del trabajo, se dispuso a ordenar sus ideas. Una vez pasadas las fiestas navideñas, el ritmo había ido aumentando y cada vez había más asuntos pendientes. El mes de enero fue tranquilo, pero la agenda de febrero, a pesar de acabar de empezar, ya estaba cargadita. Febrero.....Laura se sorprendió: por primera vez desde que Álvaro se fue, llegaba su aniversario sin llevar días pensando en él. Ya se sabía: el tiempo lo cura todo. En este caso, además de su ausencia, parecía que también estaba curando su enfado y su sentimiento de culpabilidad.

   Los recuerdos de aquel primer día aparecieron de repente. Iba ilusionada por empezar un nuevo trabajo y también por conocer a sus nuevos compañeros. Mientras se los presentaban, fue analizando la primera impresión: la señora mayor borde (que resultó ser como una madre), la que lo sabe todo, la que siempre se presta a ayudar, la competente, el guapo que te mueres.....y Álvaro, alto, simpático, divertido y siempre colaborador. Aunque no era su tipo en absoluto, a los pocos días de estar allí tenía clarísimo que había encontrado un amigo de los de para siempre.

   Fueron años de trabajar juntos, de cafés casi a diario, de risas y también de mosqueos. Le advirtieron de que tenía un carácter muy particular, aunque ella jamás tuvo el más mínimo problema con él. A los pocos meses estuvo de baja un par de semanas y descubrió dos cosas que fueron las únicas que causaron discusiones entre ellos, hasta que terminó aceptando que todos tenemos nuestras manías y que hay que aceptarnos así o no tendríamos a nadie en nuestras vidas.

   Lo primero fue que tenía depresión. Como la mayoría de la gente cuando lo oye, Laura también pensó que era un problema de control y solía decirle que malos momentos tenemos todos alguna vez y que hay que ser fuertes y tirar para adelante. Que además tuviera que medicarse era algo que le parecía excesivo.

   -¿No has intentado bajar la dosis o dejarlo?-le preguntaba al principio cuando le veía en sus momentos buenos.

   -Sí, pero se descompensa todo y luego me cuesta más volver a recuperarme.

   Lo segundo fue que, cuando le pasaba algo, fuera de salud o de cualquier otra cosa, se encerraba en sí mismo cual tortuga en su caparazón. Nadie sabía nada hasta que no lo había superado, porque consideraba que cada uno tiene que solucionar sus problemas y no cargárselos a los demás. Si bien Laura terminó aceptándolo, era algo que la sacaba de quicio, sobre todo porque era recíproco: tampoco se preocupaba por los problemas de los demás, a menos que le pidieran ayuda, porque decía que no quería meterse en la vida de nadie. Y ella, que necesitaba sentir el cariño y el apoyo de su gente hasta para superar un simple resfriado, aprendió a contarle sólo las cosas más graves.

   -Tranquilo que no te voy a poner en el compromiso de preocuparte por mí-solía decirle haciéndose la víctima.

   -La línea entre el interés y el chismorreo es muy fina-le respondía él con su sonrisa picarona.

   -¡Egoísta!

   -¡Cotilla!

   Y los dos se echaban a reír. Lo cierto es que así terminaban casi todas sus discusiones; era imposible enfadarse con él.

   Aunque Laura y Álvaro seguían viéndose prácticamente a diario, aquel grupo de trabajo tan unido se dispersó según fueron cambiando de puestos. Todos mantenían contacto de una u otra forma y, de vez en cuando, quedaban para comer, aunque cada vez era más difícil reunirse. Al final decidieron celebrar una vez al mes el día del chocolate con churros, para poder verse y ponerse al día.

   Los dos últimos meses habían sido caóticos: se acercaba el fin de año y todo el mundo quería cuadrar y liquidar los temas pendientes. Además la gente se cogía las últimas vacaciones que quedaban, así que era un no parar ni para un café. Álvaro y ella hablaban todos los días, pero apenas pudieron quedar un par de veces. Le encontró serio y le preguntó si pasaba algo, sabiendo que, aunque así fuera no se lo diría.

   -Estoy muy cansado. A lo mejor me voy a la playa estas vacaciones para desconectar de todo.

   Primero se cogió ella un par de semanas y, cuando volvió, él ya había empezado las suyas. Cuando a finales de mes no apareció, supuso que, efectivamente, estaba tomando el sol y las había alargado. Una semana después, al ver que tampoco volvía y que nadie sabía nada, empezó a pensar que algo pasaba. El sábado, con la excusa de recordarle que faltaban pocos días para la chocolatada con el grupo, le mandó un mensaje. Lo escribió y borró varias veces porque, aunque quería saber si estaba bien, tenía que ser muy sutil y, aún así, podría no recibir respuesta.

   -Hola. Te recuerdo que el viernes tenemos lo del chocolate. Porfa, confírmame que puedes venir. Si no, buscamos otra fecha.

   Al poco rato lo había leído,  pero no contestó.

   El miércoles siguiente, hablando con uno de sus compañeros, se extrañaron de su ausencia: tanto si estaba de vacaciones como si estaba de baja, tenía que haberlo comunicado al Servicio de Personal, y ellos tampoco sabían nada.

   -Ya verás como el viernes viene. No se perdería el chocolate con churros por nada del mundo-le dijo Laura riéndose.-Te dejo, que me voy a tomar un café.

   A la vuelta, dos de sus compañeras la esperaban en la puerta del despacho.

   -¿Tienes un momento? Tenemos que hablar contigo, pero a solas.

   -Un momento, chicas. Me quito el abrigo, dejo el bolso y estoy con vosotras.

   La llevaron hacia las escaleras.

   -Mira, no sé cómo decírtelo, así que ahí va: Álvaro se ha suicidado.

   Abrió la boca y la volvió a cerrar.

   -Lo sabía. Estaba segura de que le pasaba algo. ¿Cómo ha podido ser tan estúpido? Maldito egoísta...-Laura no dejaba de moverse por el rellano. No gritaba, no lloraba; simplemente enlazaba frases sin parar apenas para respirar.

   La tristeza dio paso rápidamente a la rabia; estaba tan enfadada con él que le habría abofeteado si le hubiera tenido delante. Esa manía suya de callárselo todo....sin dejar que nadie le ayudara....

   Al día siguiente conocieron el resultado de la investigación: aunque encontraron su cuerpo el miércoles, la muerte se produjo el sábado. Y entonces Laura recordó el mensaje que le mandó, probablemente uno de los últimos que leyó, y se sintió culpable por no haber sido más insistente y por no haberle preguntado directamente si le pasaba algo y por no haberle llamado y por....por....

    El chocolate con churros de ese viernes fue el último que hicieron. Sólo hablaron de él, como no podía ser de otra forma, recordándole como le habría gustado: sólo los buenos momentos. Después nadie volvió a poner fecha y lo dejaron pasar.

   Cada año, después de Navidad, a medida que enero avanzaba, su recuerdo se iba haciendo cada vez más fuerte, hasta que, pasada la primera semana de febrero, se desvanecía junto con la rabia y la culpabilidad, tan intensas como aquellos primeros días de conmoción.

   Unos meses atrás, uno de sus contactos en redes sociales, le mandó un enlace a un programa de televisión sobre la depresión. Era un tema que no le interesaba porque todo lo que había visto o leído era más de lo mismo. Sin embargo, el mensaje que acompañaba el enlace: "Tienes que verlo, nunca se ha hecho nada parecido", que además venía de alguien que sabía lo que significaba para ella, hizo que aceptara echar un vistazo.

   El formato era muy atractivo: una reunión en una cabaña en las montañas. Más que una entrevista, era una puesta en común de vivencias y sentimientos. Laura pensó que estaba frente a un grupo de autoayuda en vez de un programa de televisión. No pudo parar hasta que acabó y, cuando se quiso dar cuenta, estaba llorando. Hablaron de la depresión desde el punto de vista médico, pero también desde el punto de vista del enfermo, de los familiares que lo vivían día a día y de los que ya no podían hacerlo porque la enfermedad se los había llevado. Porque sí, por fin su cerebro fue capaz de aceptar que la depresión, como el resto de dolencias mentales, es una enfermedad, como lo puede ser el cáncer o la tuberculosis y que, al igual que ellas, si el tratamiento funciona puedes llevar una buena vida, pero si no lo hace, termina con tu muerte. Que no es una cuestión de fuerza de voluntad y de ser fuertes, sino de desequilibrios químicos y hormonales. Y que hay veces que, por mucho que lo intenten, nadie puede hacer nada por ayudarles. Que todos, pacientes y familiares, pasan por momentos de rabia y culpabilidad, como le pasaba a ella. Cuando acabó siguió llorando unos minutos más; después se secó las lágrimas, respiró hondo y se dio cuenta de que, por fin, perdonaba a Álvaro...y a sí misma.

   El autobús se detuvo. Era su parada; la última del recorrido. Laura se dirigió al recinto donde estaba su lugar de trabajo y se paró de repente: la luna empezaba a desaparecer entre las nubes blanquecinas del amanecer, pero todavía se la veía enorme y brillante en medio del cielo, aún algo oscuro, y estaba situada justo encima del pararrayos de la garita de entrada, como un inmenso chupa-chups. Se imaginó cómo comentarían esa visión tan inusual Álvaro y ella y cómo se reirían. 

   Aunque todavía se sentía culpable por no haber sido más comprensiva con él, el enfado y la rabia habían desaparecido. Ahora, simplemente, le echaba de menos.





Texto Ana María Blanco Estébanez
Todos los derechos reservados

miércoles, 3 de febrero de 2021

Solamente un día

 


https://youtu.be/KpweJJdgvKI


   Como se imaginaba, apenas había podido pegar ojo en toda la noche. Entre el remusguillo del lumbago que llevaba soportando desde hacía dos días y los nervios por el tratamiento con láser, su cuerpo y su mente se habían confabulado para no dejarle enlazar más de tres horas de sueño. Y, para colmo, cuando estaba empezando a adormilarse de nuevo, un ruido sordo de motor en funcionamiento la espabiló de repente. Miró la hora: las 7 de la mañana. ¿Quién demonios podía ser? Oyó cómo sus vecinos de alrededor se levantaban. Recordó que iban a venir temprano a pulir el suelo de las escaleras, pero ¿a las 7 de la mañana? ¿Era legal eso? En fin, estaba claro que no iba a poder dormir más, así que también se levantó y, mientras se duchaba, no dejaba de darle vueltas a lo de su ojo. Cierto que le habían asegurado que no era doloroso y que no duraba más de cuarto de hora, pero el hecho de tener una lente ahí metida mientras un láser lanzaba rayos no era algo para tranquilizar a Una, precisamente.

   Llegó pronto a la consulta. Era la primera cita, así que sabía que en cuanto llegara el doctor pasaría rápido. Fue muy puntual, pero Una se dio cuenta en seguida de que algo raro pasaba porque le vio salir y entrar en los diferentes despachos mientras preguntaba a sus colegas por el ordenador. Su corazón comenzó a latir más rápido; esperaba que no fuera nada grave. Se lo tenían que haber hecho tres semanas atrás, pero el oculista cayó enfermo y se lo aplazaron. Esta vez resultó que era un problema informático, que solucionaron de la forma tradicional: tirando de expedientes en papel.

   Cuando examinó el suyo, ni siquiera la llamó.

   -No te muevas, que primero te tengo que poner unas gotas de anestesia y te quedas en la sala de espera, mientras busco a alguien que me arregle lo del ordenador.

   Diez minutos más tarde, y tras la infructuosa búsqueda, se rindió a la evidencia: tendría que olvidarse de la informática.

   -Pasa conmigo a la sala del láser-le dijo mientras la acompañaba.

   Como se temía, para evitar el calentamiento del aparato, hacía un frío horrible e, incluso con las tres capas de ropa que llevaba, o quizás por los nervios, no podía dejar de tiritar.

   Le indicó el incómodo taburete en el que tenía que sentarse y le puso la segunda gota de anestesia. Se sentó frete a ella y tras mirarla fijamente, con cara de sorpresa le dijo:

   -Aquí falta algo.

   Una, que ya estaba bastante nerviosa, no sabía si era broma o se había olvidado de llevar alguna cosa. Miró a derecha e izquierda, como acababa de hacer él, y se encogió de hombros.

   -Falta el láser.

   -Bueno, en algún sitio estará-respondió ella, preguntándose cuál era el problema. No tenía ni idea de cómo era el aparato, pero si no estaba allí, que fuera a buscarlo.

   -Ya, es que si no está aquí es porque está estropeado. Me temo que hoy tampoco puedo hacértelo.

   Una abrió la boca sin saber si reír o gritar.....y la volvió a cerrar sin emitir ni un sonido. Cogió el abrigo y el bolso y salió tras él de la sala. Se dirigieron a recepción donde le confirmaron que se lo habían llevado hacía varios días y que todavía tardaría otra semana, como poco, para que lo devolvieran.

   -No sabes cuánto lo siento. La semana pasada no tuve que usarlo y nadie me informó-le dijo, terminando la frase con un tono que daba a entender que alguien iba a pagar esa falta de comunicación.

   -¿Sabes que es la segunda vez que me lo aplazas?

   -Estás la primera en la lista. En cuanto nos lo devuelvan te llamamos para hacértelo inmediatamente.

   Una salió de la clínica preguntándose si aquello no sería una señal. Si el tratamiento no fuera necesario, se plantearía muy seriamente hacérselo, pero las opciones no le convencían demasiado, así que no le quedaba otra que volver a intentarlo. Esperaba que a la tercera fuera la vencida.

   Se fue a trabajar, ante el asombro de sus compañeros, que no podían creer la mala suerte que estaba teniendo. La mañana resultó agotadora, así que después de comer y recoger la cocina y el baño se dispuso a descansar: una infusión, la manta eléctrica y alguna peli. Iba a poner a calentar el agua para su té, cuando un estruendo de pasos, gritos, risas y cajas cayendo al suelo la sobresaltó. 

   -Mierda, el telefonillo-recordó que los estaban cambiando y estaba claro que tocaba su planta. Adiós al descanso. A ver si acababan pronto.

   El timbre sonó y al otro lado de la puerta apareció un mocetón cargado con una cajita y un destornillador, que alucinó cuando vio lo antiguo que era el aparato de su casa.

   -¿De verdad hace falta cambiarlo? Funciona estupendamente y, por mi experiencia, si no está estropeado es mejor no tocarlo.

   -Ya, pero es que la mayoría de los vecinos sí tienen problemas y, como vamos a cambiar el sistema completo, el tuyo ya no funcionaría.

   Encendió la luz del pasillo para que pudiera trabajar y se sorprendió de no ver la claridad habitual. Los dos miraron hacia arriba.

   -Anda, si se ha fundido un  halógeno-dijo, pensando cuántas cosas más le iban a pasar.

   -No te preocupes que tengo una linterna.

   -Lo que más rabia me da es que no tengo ni idea de cómo cambiarlo.

   -Si es facilísimo: tiras de la pestaña, sacas la lámpara fundida, colocas la nueva y vuelves a poner la pestaña.

   Ya, facilísimo cuando lo has hecho muchas veces y sabes de qué va, pensó. Inmediatamente recordó que siempre guardaba repuestos y que no podía perder la oportunidad de tener a un experto, así que le dejó solo, se dirigió al cajón de las bombillas (una ventaja de tener un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio) y apareció en menos de un minuto cargada con la escalera, ante el asombro del joven, que debió pensar que, por dar tantas explicaciones, le iba a tocar hacer algo más que cambiar el aparato que tenía en la mano. Para su alivio, ya que no sabía cómo negarse sin parecer un grosero, Una empezó a subir la escalera y, siguiendo sus indicaciones, la cambió sin problemas.

   -¿Es lo bastante grande como para tapar el hueco que deja en la pared el otro?-le preguntó cuando vio el espacio de diferente color que apareció al quitar el antiguo telefonillo.

   -Yo creo que sí-le respondió mientras lo colocaba.

   El resultado no era perfecto, aunque mucho mejor de lo Una se temía: tapaba casi todo excepto una pequeña línea a la derecha.

   -Si tienes algo de pintura se arregla en un momento. O si no, en los chinos venden tarros pequeñitos.

   -No hace falta: tengo masilla blanca. Con un poquito bien extendido no quedará ni rastro.

   Así que cuando se fue, primero Una tuvo que utilizar agua y un trapo para recoger los restos de pintura y polvo que había producido el cambio del trasto. Su espalda reaccionó con varios pinchazos de dolor. Luego cogió la masilla y, con mucho cuidado, fue tapando ese pequeño espacio que se veía. Cuando acabó, se alejó para ver mejor el resultado y quedó satisfecha. Recogió todo y se dispuso a descansar un ratito antes de cenar.

   Un día largo y agotador. Si bien lo del láser no podía dejar de decepcionarla y frustrarla, tenía que reconocer que, si el halógeno del pasillo iba a fundirse de todas formas, había tenido suerte de que sucediera cuando había alguien con ella que pudiera explicarle cómo cambiarlo. 

   Entre el sueño y el dolor de espalda no podía más, así que se chutó un antiinflamatorio con la cena, decidida a llamar al fisio en cuanto pudiera, se puso la manta eléctrica, zapeó durante un rato y se fue a la cama esperando que esta vez Murphy fallara y el siguiente día no fuera peor que el acababa de terminar. 

   

   

Texto Ana María Blanco Estébanez
Todos los derechos reservados


miércoles, 23 de diciembre de 2020

Imperdonable


https://www.youtube.com/watch?v=VKIiCOZ2Eo4


   El suspiro que soltó al colgar el teléfono era una mezcla de alivio y angustia. Se encontraba en una de esas situaciones en las que te gustaría que un meteorito gigante cayera sobre el planeta para librarte de cumplir con tu deber. Llevaba unos días retrasando aquella cita; apenas podía dormir y la comida formaba en su boca una bola imposible de tragar. Ya no había marcha atrás: en un par de horas se enfrentaría a Nuria intentando que perdonara algo que le haría daño y la enfurecería. Sabía exactamente cómo se sentiría porque ella siempre había estado al otro lado; siempre había sido la ofendida y traicionada. Había intentado ponerse en el lugar de la otra persona e intentar ser comprensiva, pensando que no eran malas personas y que la vida, a veces, pone a la gente en unas circunstancias en las que alguien pierde y alguien gana. El problema es que, por mucho que intentes ser positiva, cuando te hieren, que los demás lo pasen también mal, no es un consuelo.

   Recordaba la primera vez que una amiga se benefició de su inocencia: Esther. Habían estudiado la carrera juntas y se habían hecho inseparables. Cuando le ofrecieron su primer trabajo, le dio mucha rabia no poder aceptarlo: coincidía con un curso esencial para su futuro profesional. El caso era que sólo duraba tres meses, pero ellos necesitaban a alguien ya. De repente recordó que Esther se iba a trabajar a Londres justo cuando ella quedaba libre, así que habló con la empresa y con ella..... y todos felices. 

   Estuvieron tan liadas las dos que apenas hablaron un par de veces durante esas semanas. Cuando llegó el momento y quedaron para que le pusiera al día del trabajo, se llevó una desagradable sorpresa: un tío de Esther, que había sido su segundo padre, había fallecido y su madre se encontraba sumida en una depresión tan fuerte que había anulado sus planes y ya no se iba a Londres, por lo que quería seguir manteniendo el trabajo. Le dijo que eso no era lo pactado, que se estaba comportando como una zorra y que no entendía cómo podía hacerle eso. 

   -Voy a hablar con la empresa: ellos me buscaron a mí, así que seguro que quieren que continúe yo.

   -No te molestes: ellos prefieren que siga yo porque ya conozco el trabajo y les gusta cómo lo hago.

   Ya no pudo decir nada más. Se dio la vuelta para irse.

   -Lo que más siento es que voy a perderte como amiga porque ya no querrás saber más de mí.

   -Estás equivocada: seguiré llamándote, pero serás tú la que no querrás verme, para intentar olvidar cómo te has portado conmigo.

   Y así fue. El cumpleaños de Esther era un par de semanas más tarde y la felicitó. Después de eso, nunca más volvió a saber de ella.


   No sabía cómo empezar a hablar con Nuria. Tenía que tener mucho tacto; ya era bastante con lo que había pasado, como para que una mala elección de las palabras aumentara aún más su enfado. Le pasó con Lucía. Se conocieron en uno de los primeros trabajos que tuvo y fue la encargada de enseñarle el edificio y sus tareas. Su relación fue muy buena hasta que una serie de decisiones y comentarios malintencionados la colocaron en una situación en la que se vio marginada por casi todos sus compañeros. Sólo Lucía parecía seguir apoyándola......hasta que meses después de acabar su contrato se enteró de que fue ella la que empezó su acoso y derribo. Hubo rumores de que iban a echar a alguien y su querida compañera se encargó de despellejarla, intentando que fuera ella la despedida. 

   Estaba en pleno proceso de instalación de su nueva tele cuando sonó el teléfono y, al ver la cara de Lucía en la pantalla, se le paró el corazón. Hacía más de cuatro años que no sabía nada de ella y dudó si contestar o ignorarla. Pero, mientras lo pensaba, su dedo pareció tomar vida propia y se deslizó por la pantalla.

   -Hola, soy Lucía. No sé si te acuerdas de mí.

   -Sí, claro-respondió pensando en  lo imposible que le había resultado olvidarla.

   -Te sorprenderá mi llamada, pero necesitaba pedirte perdón por lo que hice. Sé que fui muy injusta y que te hice mucho daño.

   -Pues sí, la verdad. Pero...un poco tarde, ¿no?

   -Verás-continuó sin dejarla hablar- estoy pasando un momento muy duro: me han encontrado varios tumores. No sé si saldrá todo bien o no, pero necesito limpiar mi conciencia.

   Vaya, así que Lucía tenía conciencia y llevaba todos esos años torturándola. 

   -Sé que lo pasaste muy mal por mi culpa y espero que todo te haya ido muy bien.

  -Ya sabes que me hiciste mucho daño, pero entenderás que no me he pasado estos años dándole vueltas. Simplemente pasé página y he seguido con mi vida.

   -Me alegro de que pudieras superarlo. Como te he dicho, estoy haciendo examen de conciencia y pedirte perdón era una de las obligaciones que tengo para poder quedarme tranquila.

   Acabáramos: no pedía perdón por ella y el dolor que le había causado, sino como una obligación para poder tener la conciencia limpia.

   -Pues nada, ya puedes estar tranquila, que ya lo has hecho. Y ahora tengo que dejarte, que me has pillado en un mal momento.-Y colgó sin dejar añadir a Lucía ni una palabra, para evitar que lo estropeara todavía más.


   Cerró la  puerta de casa y, mientras bajaba las escaleras, se dio cuenta de que todavía no sabía por dónde empezar. Tenía un paseo de casi media hora para decidirlo, aunque imaginaba que, simplemente, dejaría que hablara su corazón.

   Habían pasado poco más de dos meses desde el día que recibió la llamada de Nuria para que la acompañara a una cita a ciegas. Sabía que lo odiaba, pero era la primera vez que iba a quedar con Carlos. Le había conocido en una comida de trabajo y habían congeniado. Llevaban semanas intentando encontrar una fecha para quedar y resultó que, cuando por fin había llegado el día, venía a verle un amigo de la infancia con el que hacía más de tres años que no coincidía. Ella era la acompañante perfecta, le dijo; sería una primera cita poco íntima, pero podrían estar solos algún rato. La sorpresa fue indescriptible cuando vio que el amigo con el que la habían emparejado era Felipe, uno de los hermanos de su ex. Decir que la cita fue un desastre es quedarse cortos: lo intentó por Nuria, para no estropearle la noche, pero Felipe no respondía más que con monosílabos a sus preguntas y sólo mantenía conversación con Carlos, que, viendo la situación tan incómoda en la que se encontraba, terminó hablando con ella toda la noche, mientras Nuria no dejaba de lanzarle miradas asesinas.

   A la mañana siguiente la llamó varias veces, pero no contestó. Pasó una semana antes que se volvieran a ver y Nuria no hizo mención a la desgraciada cita. Parecía contenta y le dijo que estaba intentando quedar con Carlos otra vez, a ver si conseguían estar solos, por fin.

   Para su sorpresa, un par de días después, quien la llamó a la oficina fue él. Insistió en quedar para tomar algo y hablar. No estaba muy segura porque sentía como si estuviera traicionando a Nuria, pero Carlos no paró hasta que dijo que sí. Fue a la cafetería mentalizada de que sería un café rápido y se encontró con la gran sorpresa de su vida:

   -He tardado en llamarte, aunque quería haberlo hecho al día siguiente. Sé que la cita era entre Nuria y yo, pero lo que sentí aquella noche...Ayer volví a quedar con ella y ya no fue lo mismo; no podía dejar de pensar en ti y tuve claro que tenía que decírtelo cuanto antes.....por los tres: antes de que esta situación se me fuera de las manos y el daño fuera mayor.

   Al principio se quedó sin palabras. Era cierto que a ella también le gustaba, aunque no se había parado a pensarlo porque tenía claro que Nuria y él iban a intentar algo. Y resultaba que ahora era ella la que lo podía conseguir. Después de más de dos horas de hablar y hablar, decidieron empezar a quedar y ver si iban a algún sitio o no, antes de decírselo a nadie. Tampoco fue difícil: Nuria se iba tres semanas de vacaciones y, a su vuelta, las empezaban ellos.

   Pero, después de dos meses, tenían claro lo que sentían y decidieron que debían que decírselo ya. No sabían si hacerlo los dos, pero era su amiga y era ella la que tenía que dar la cara.

   -Chica, ¡cuánto tiempo!-le dijo mientras se daban un par de besos.

   Estuvieron hablando unos minutos de lo que había sido su vida desde la última vez que se vieron. Sus manos estaban heladas y temblaban cada vez que cogía la taza. Esperó a que se hiciera un silencio para sacar el tema.

   -Tengo algo que decirte. Sé que te va a doler y a sorprender y no sé cómo hacerlo para que no sea así: Carlos y yo llevamos dos meses saliendo. No te hemos dicho nada porque queríamos saber si era algo serio o una tontería que terminaría en un par de semanas, pero ahora estamos seguros de lo que sentimos y no es justo seguir ocultándotelo.

   Mientras hablaba, la cara de Nuria iba cambiando: roja, enfadada, triste.....hasta que unas lágrimas empezaron a caer por sus mejillas.

   -Sabía que pasaba algo: cuando hablaba con él era siempre muy correcto pero ya no insistía en quedar. Lo que no podía imaginar es que fueras tú, una de mis mejores amigas. Y encima me lo habéis ocultado. Y además fui yo la que os presentó. Si es que no se puede ser más idiota. Y tú, tú....mira, será mejor que no diga nada más. Adiós-dijo mientras cogía sus cosas para irse.

   -No te vayas así, por favor. Tienes razón en todo lo que dices, pero te aseguro que no fue buscado y no sabíamos cómo decírtelo. No quiero que desaparezcas de mi vida, en serio.

   -Tengo que irme porque no estoy segura de poder controlar mi lengua. Te prometo que te llamo dentro de unos días, pero ahora no puedo hablar contigo.

   Sorprendentemente cumplió su palabra y en una semana volvieron a quedar. Hablaron como las buenas amigas que habían sido siempre y Nuria le aseguró que haría todo lo posible para seguir manteniendo la misma relación, aunque, de momento, prefería quedar sólo con ella, sin Carlos.

   A los tres meses, tomando uno de sus largos cafés, notó que estaba más contenta que de costumbre.

   -¿Tienes algo que contarme? Tienes unos ojillos......Yo diría que pasa algo.....y bueno. ¿Me equivoco?

   -¡Cómo me conoces!-respondió riéndose.-Llevo algo más de un mes saliendo con Guille.

   -¿Guille?¿Tu Guille?¿Con el que nunca bajo ninguna circunstancia te plantearías nada porque era como tu hermano?¿Ese Guille?

   -Efectivamente. Siempre ha estado ahí y un día me di cuenta de que mi vida no sería la misma sin él y....bueno, todo eso que suena a chorrada romanticona, pero ¿qué quieres? He caído.-le contó riéndose.

   Los siguientes meses quedaron varias veces los cuatro. Todo iba genial y parecía que nada grave había estado a punto de destrozar su amistad. Pero un año más tarde Carlos y ella rompieron. Llamó a Nuria llorando, intentando quedar con ella para desahogarse. Sin embargo, lo que oyó al otro lado del teléfono la dejó helada:

   -Bueno, más pronto o más tarde tenía que pasar. Una relación que empieza con una traición no puede durar mucho.

   -¿Cómo?¿De qué hablas?¿De verdad vas a recordar ahora lo que pasó? Pensaba que me habías perdonado.

   -Ya sabes que yo soy de las que perdonan pero no olvidan.-Respondió. Entonces recordó cuál era esa frase que siempre decía cuando alguien hacía algo malo y supo que la había estado guardando para ella, segura de que llegaría la ocasión de usarla.-La venganza es un plato que se sirve frío y sólo tienes que sentarte a la puerta de casa para ver pasar el cadáver de tu enemigo.

   Y colgó.

   

   

Texto Ana María Blanco Estébanez
Todos los derechos reservados




viernes, 11 de septiembre de 2020

Tampoco era el momento



   Volvió a mirar la ropa que había preparado para esa noche. Con un resoplido se dirigió al baño para maquillarse. Otro sábado más con la misma gente, yendo a los mismos sitios y bailando la misma música con sus amigas mientras el grupo de chicos no se movía de la barra, lo que significaba que Iván volvería a ignorarla otra noche más. Ya no sabía qué hacer para llamar su atención; estaba claro que para él no era más que otra del grupo. Los fines de semana se habían convertido en algo tedioso y rutinario, pero la opción era quedarse en casa, así que se animó pensando que quizás ésa sería la noche en la que pasaría algo diferente y excitante, y no podía perdérselo.

   Quedaron en el mismo sitio y a la misma hora. Faltaban dos chicas que se habían ido de vacaciones y, el resto, al encontrarse, se besaron y abrazaron como si hiciera meses que no se veían. Los chicos estaban un poco más lejos, sentados en un banco, esperándolas. Sabían que el encuentro duraría varios minutos mientras se contaban todo lo que había pasado desde la última vez que se habían visto, sólo tres horas antes, en la piscina.

   -Ey-saludaron ellos. No necesitaban más. Ellas les miraron con un suspiro; estaba claro que pertenecían a dos especies diferentes que apenas lograban entenderse.

   Llevaban ya varias horas recorriendo las mismas tascas donde picotearon algo para llenar el estómago, antes de ir a los mismos bares donde los chicos pedían las bebidas y ellas se iban a bailar mientras eran vigiladas para que ningún baboso se pasara demasiado. Cuando empezaron a salir, bastantes años atrás, interactuaban mucho más; incluso consiguieron que bailaran con ellas alguna vez. Al final se rindieron; salían juntos pero hacían vidas separadas, como un matrimonio mal avenido. Había habido alguna historia entre algunos de ellos que no había durado demasiado, pero todas habían terminado bien y la amistad no había resultado dañada. Seguían saliendo juntos los fines de semana y haciendo viajes de vez en cuando.

   Había estado tentada de irse a casa un par de veces, pero sus amigas no se lo permitieron. Se prometió que el siguiente sería el último bar en el que entraría. Para su sorpresa, los chicos se metieron en uno al que no habían ido nunca. Llevaba varios meses abierto y decidieron que había llegado el momento de ver cómo era. La música no estaba mal; es decir, era igual que el resto de los locales a los que iban habitualmente. No había demasiada y gente y, en cuanto tuvieron las bebidas, se repartieron como siempre: ellas a la zona despejada, donde se pusieron a bailar, y ellos permanecieron en la barra. Les habían preguntado muchas veces qué hacían allí, quietos, sin bailar y, casi siempre, sin siquiera hablar entre ellos. Su respuesta solía ser encogerse de hombros y reírse.

   Aprovechaba siempre que podía para mirarles de reojo, comprobando si Iván se fijaba en ella. Pero nada; era como si no existiera. Una de las veces no le vio con los otros y pensó que habría ido al servicio. Un rato más tarde, cuando acabó la bebida y se acercó a la barra para dejar el vaso, les preguntó si ya se había ido.

   -No. Está allí-le contestaron, señalando hacia el pasillo que llevaba a la salida-. Está hablando con un conocido suyo.

   No se molestó en preguntarles quién era el otro chico. Si fueran ellas, sabrían el nombre, trabajo y dirección de las personas con las que se encontraban; ellos, incomprensiblemente, no se preguntaban nada. ¿Falta de curiosidad?¿Indiferencia? En cualquier caso, tenía claro que si quería saber con quién estaba hablando, tendría que enterarse ella misma o mandar a alguna de las chicas. Sólo tardó unos segundos en decidirse; si se lo decía a ellas, empezarían a incordiarla para que pasara de él, así que decidió averiguarlo personalmente.

   -Anda, si estás aquí. Creía que ya te habías ido.

   -No creo que tarde, pero me he venido para acá porque me he encontrado a un amigo. Pedro. Alba. Alba. Pedro.

   El "hola" y par de besos obligatorios de cada presentación la obligaron a prestar atención al chico en cuestión. Normalito, sonrisa picarona y.....vaya mirada. Fue como si la desnudara, pero no de esa forma ofensiva en la que miraban esos tipos tan desagradables con los que se encontraba de vez en cuando.

   -Bueno, os dejo que mañana tengo que madrugar para irme al pueblo.

   Y se fue sin más. No tuvo tiempo de reaccionar. Se sintió decepcionada, muy enfadada y abandonada con un desconocido del que no sabía ni de qué hablar ni cómo despedirse sin parecer una borde.

   -¿De qué os conocéis?-le preguntó Pedro. Y empezó la conversación. Lo cierto es que fue divertida y agradable, y el tiempo se pasó volando. Cuando la panda se acercó a ellos para que supiera que se iban, se despidió de él.

   -Tía, haberte quedado. Parecía majo, ¿no?-le preguntó Marta de camino a casa.

   -Bah, estoy cansada. Además tampoco sé los planes que tenía él y no me apetece quedarme sola a las tantas y volver sola a casa porque tuviera que irse con otra gente.

   -A ver si espabilas: celos, bonita, celos. Si lo has intentado todo con Iván y sigue pasando de ti, la última opción que te queda es que vea que empiezas a interesarte por otros tíos. Para uno que conoces que no parece tan raro como el resto de elementos con los que te cruzas, podías haber aprovechado la oportunidad.

   Había pasado una semana, el verano estaba acabando y cada vez se veía más gente en los bares. Habían quedado en una cafetería para tomar algo antes de encontrarse con los chicos. Se estaban sentando en el único sitio libre que encontraron, cuando vio a alguien en la barra que le resultó conocido.

   -Ey, el chico que está pidiendo al lado de la puerta, ¿no os parece que es el de la otra noche?

   -Pues si no lo sabes tú, guapa, que eres la que estuvo hablando con él-le contestaron entre risas.

   Estaba rodeado de gente y, aunque miró hacia ellas un par de veces, no dio señales de reconocerla. Al final pensó que se habría confundido y dejó de pensar en él.

   Esa noche fue tan parecida a todas las demás que se volvió a casa más pronto que nunca. La mañana siguiente la pasó pensando en lo que le dijo Marta la semana anterior sobre darle celos a Iván. Una sensación conocida de inquietud empezó a instalarse en su estómago. Lo odiaba; pasaba siempre que su corazón y su cabeza llevaban caminos diferentes. En este caso, su corazón le decía que podía ser la última oportunidad de conseguir algo con él; su cabeza, por otro lado, le intentaba hacer ver que sólo haría el ridículo una vez más. Llamó a Marta y se lo contó, deseando que la convenciera para no hacerlo. Ante su sorpresa, con un suspiro, le dijo:

  -Mira, yo no lo haría ni loca, pero te conozco y no te vas a quedar tranquila si no lo intentas, así que hazlo y saldrás de dudas.

   Después de comer, con el corazón latiéndole a mil, llamó a Iván para pedirle el número de teléfono de Pedro.

   -Ay, madre.¿Estás segura de que quieres quedar con un desconocido?-le respondió riéndose.

   -¿Qué pasa?¿No es de fiar?¿Y me dejaste sola con él el otro día?-le contestó también entre risas.

   -Espera que te busco su número.

   Aparte de sorprendido, Alba no pudo decir que notara otro tipo de sentimiento en su voz. Vamos, que no parecía celoso en absoluto. En fin, ya tenía su número y no le quedaba más remedio que usarlo. ¿Por qué siempre tenía que meterse en semejantes líos?

   Pedro tardó un par de minutos en saber quién era quien le llamaba, pero en cuanto la reconoció, le aseguró que no tenía planes para esa tarde y que estaría encantado de quedar con ella. Adiós a la última oportunidad que tenía de librarse del marrón en el que se había metido.

   Se puso muy mona, eso sí, pero salió decidida a sufrir un repentino e insoportable dolor de cabeza. Le llevó a una terraza con jardines de la que le habían hablado un par de semanas antes y que resultó que él tampoco conocía. La tranquilidad del lugar contrastaba con los nervios que tenían ellos; sin embargo, la conversación no tardó en ser fluida porque tenían bastantes cosas en común: el cine, la lectura y los deportes eran aficiones de ambos. Pero, de pronto, Pedro lo estropeó: sacó un cigarrillo y le ofreció otro ante la mirada sorprendida y disgustada de Alba.

   -¿Te importa si fumo?-le preguntó.

   -Pues sí-respondió ella. Y, algo no habitual en la mayoría de los fumadores que conocía, Pedro se guardó el cigarrillo.-Jo, gracias, es que me molesta mucho el humo.

   -Además de antitabaco, ¿eres anti algo más?

   -Antimadridista, pero con eso puedo lidiar-respondió riéndose.-No me digas que eres del Madrid.

   -No, eso lo compartimos: soy del Atlético-le dijo entre risas.

   Divertido, educado y con esa mirada que la hacía sentirse como la mujer más sexi del mundo; no pensó ni una sola vez en la excusa de la jaqueca. Cuando se despidieron quedó en que la llamaría para quedar otro día. Alba sabía que no volvería a saber de él porque eso era lo que le ocurría siempre que quedaba con alguien que le terminaba gustando.

   Pero Pedro parecía dispuesto a demostrarle que no se parecía al resto de los chicos que había conocido: al día siguiente la llamó para ir al cine. Después se quedaron otro rato tomando algo. Alba no podía creer que, por más que lo intentaba, seguía sin encontrarle pegas. Y esa forma que tenía de mirarla, que hacía que temblara todo su cuerpo.

   Pasaron un par de días antes de volver a quedar; esta vez para ir a un partido de baloncesto.

   -No he ido muy a menudo, pero te advierto que todavía no he visto ninguno en el que hayan terminado perdiendo, así que prepárate para verles ganar-le dijo Alba cuando la recogió con su coche.

   Y así fue: victoria aplastante que Pedro celebró abrazándola y besándola por fin. Fue todavía mejor de lo que Alba había imaginado, hasta que, al salir del pabellón, le dijo:

   -Vamos a tomar algo; tenemos que hablar.

   No hacía falta que dijera más. Daba lo mismo la historia que fuera a contar porque el resultado sería el mismo: no podría ser. Lo había oído demasiadas veces. Y no fue diferente: hacía poco que había conocido a otra chica y estaban empezando algo. Conocerla a ella había sido algo imprevisto y necesitaba tiempo para aclarar qué sentía. No esperaba encontrarse en una situación así y tenía que tomar una decisión.

   Pasaron dos meses antes de saber de él otra vez. Dos meses en los que su vida cambió tanto a nivel personal como profesional: un nuevo curro y gente diferente con la que salir. Curiosamente no había vuelto a coincidir con Iván, pero tampoco lo echó de menos. Sin embargo, no pudo dejar de pensar en Pedro, en sus manos, en sus labios y en su mirada. Fue una sorpresa que llamara para felicitarla y quedaron para tomar algo. Nada había cambiado entre ellos: la chispa seguía ahí tan encendida como semanas atrás. Sin embargo, él ya había tomado una decisión que Alba temía, pero imaginaba: tampoco éste iba a ser su momento.



Texto Ana María Blanco Estébanez
Todos los derechos reservados

martes, 25 de agosto de 2020

Sorpresas te da el trabajo



   No recordaba exactamente el momento en que se dio cuenta de que su futuro no iba a ir encaminado hacia los números porque su cerebro era claramente de letras; pero, en cuanto pudo, se libró de las matemáticas y todo lo relacionado con ellas. No supuso ningún trauma: le encantaba la Historia y la Literatura y, desde siempre, la idea de escarbar buscando tesoros ocultos y convertirse en una de las heroínas que aparecían en los libros que devoraba, era algo que cada vez le atraía más. Sin embargo, al ir creciendo, eso de estudiar Arqueología, a su familia le pareció un divertimento y no un futuro laboral; así que decidió centrarse en algo "con más salidas". Eligió una carrera a su gusto, por supuesto: de letras, con Historia, Literatura y otras asignaturas que le atrajeran. Desgraciadamente, cuando acabó sus estudios de Filología Inglesa, el mercado laboral empezó a caer en una crisis cada vez más profunda y, de nuevo, tuvo que replantearse su futuro. Una de sus amigas le dio la solución:

   -Oposiciones, tía. Estudias mucho, sí, pero cuando apruebas tienes un trabajo para siempre.

   La idea no le entusiasmaba en absoluto. Primero porque desde siempre había oído que las plazas de las oposiciones estaban dadas y, además, porque ya llevaba tantos años estudiando que eso no era precisamente lo que más le apetecía. Pero al final, teniendo en cuenta que no había forma de conseguir trabajo, decidió probar suerte y sentir que, al menos, hacía algo.

  No le costó demasiados intentos aprobarlas y ya hacía años que tenía su plaza en la Administración Central. Era la sexta vez que iba a cambiar de puesto. Recordaba que, cuando aprobó, tenía la idea de quedarse para siempre en esa plaza; descansar después de tanto estudio, acomodarse y disfrutar de la vida. Sin embargo, con el tiempo se dio cuenta de que tenía que moverse; por un lado, para mejorar económicamente y, por otro, porque pasarse años y años haciendo el mismo trabajo le resultó de un aburrimiento mortal. Así que ahí estaba ella, en vísperas de empezar un nuevo trabajo, en un nuevo puesto, en otro lugar y con otros compañeros. No es que se pudiera comparar a la aventurera vida de una Indiana Jones, como había soñado hacía ya tantos años, pero no dejaba de ser un reto para sus neuronas.

   Había dicho tantas veces "adiós" que le sorprendía sentir todavía esa sensación de inseguridad y de tristeza. No saber si el trabajo le iba a gustar o si congeniaría con sus compañeros y jefes era algo normal, cierto; como también lo era el sentir que, por muy mal que le hubiera ido (algo que no había pasado muy frecuentemente), al irse dejaba atrás amigos más que compañeros. Desgraciadamente, la experiencia le había enseñado que, excepto en contadas ocasiones, con la distancia, las relaciones se iban enfriando, por lo que a algunos de ellos ya les había perdido la pista.

   Sin embargo, y a pesar de los años que habían pasado, cada vez que llegaba este momento, había un recuerdo que se repetía y con el que siempre conseguía sonreír y sentir que todo iba a ir bien.

   Cuando empezó a prepararse las oposiciones, decidió hacerlo a todas las administraciones para tener las máximas posibilidades. Y tuvo la gran suerte de que, desde la primera vez que se presentó, empezaron a llamarla para trabajar como interina o contratada en la Universidad de su ciudad. Se recorrió muchas de las sedes que tenía, algunas de ellas en otras provincias, y, de todas, tenía los mejores recuerdos; incluso de la que se convirtió en un infierno se llevó alguna amistad que todavía conservaba. Unos habían sido centros educativos y otros residencias de estudiantes. Si con los compañeros y profesores había tenido una relación estupenda, con los estudiantes había sido tan alucinante que hasta en una ocasión le regalaron un ramo de flores el día que tuvo que irse. Y fue en una de estas residencias donde había tenido la experiencia laboral más surrealista que nadie pudiera imaginar.

   Ya resultó raro que la llamada para el contrato fuera a finales de agosto. Se suponía que todo estaba cerrado todavía, así que le preguntó a la chica que siempre llamaba para ofrecerle las plazas si estaba segura de que era allí.

   -Sí. Es que hay un congreso de Logopedia con estudiantes de toda Europa. Tendrías el turno de noche y hemos pensado en ti por el tema del inglés. De día van a estar en clases y excursiones, así que no es tan necesario, pero si necesitan algo por la noche es mejor que haya alguien que les entienda.

   -¿De noche?-preguntó con un suspiro. Nunca había hecho ese turno y no le apetecía lo más mínimo.

   -Sí, de diez de la noche a ocho de la mañana. Son nueve días y deberías librar dos por el tema del turno, aunque puede que no lo hagas por lo del idioma; te van a pagar más y los de la residencia son muy majos, así que vas a estar muy bien.

   No podía permitirse rechazar trabajos pero, además, practicar inglés con un montón de gente joven con diferentes acentos fue algo que le pareció muy interesante. Así que allí estaba ella el primer día, con la persona que se encargó de enseñarle las instalaciones y de indicarle los temas importantes a los que tenía que prestar atención.

   -Cuando vengas estarán cenando; aprovecha y cena aquí. Cuando acabes el turno empiezan los desayunos; lo mismo te digo.

   -¿En serio?-preguntó, pensando que sería abusar.

   -Haz lo que quieras, pero te aseguro que no hay ningún problema.

   Le enseñó el puesto desde el que tendría que atender a los estudiantes y la llevó a una sala que estaba al lado. Cuando abrió la puerta, una enorme sonrisa se dibujó en su cara: era la biblioteca.

   -Cuando estén en sus habitaciones y todo esté tranquilo, puedes venir aquí y coger los libros o vídeos que quieras. Será una forma de estar entretenida y no dormirte.

   -Genial-dijo, no muy convencida al ver el sofá, enorme y, aparentemente, tan cómodo que pensó que lo difícil sería no dormirse si se sentaba allí a leer o ver la tele.

   En ese momento, las puertas del comedor se abrieron y una enorme cantidad de jóvenes empezaron a salir para dirigirse a sus habitaciones. Le sorprendió ver que todas eran chicas. "Puede que el mundo de la Logopedia sólo sea para mujeres", se dijo. No recordaba haber oído tantos idiomas juntos en toda su vida. Distinguió alemán, francés e italiano, además de inglés y algún otro que no conocía.

   Se dirigió a su puesto y empezó a tomar posesión de la mesa, ordenador y demás cosas con las que tendría que trabajar esos días. Un par de horas más tarde, cuando ya pensaba que todas estarían durmiendo, el mismo tropel de chicas, maquilladas y con ropa de calle empezaron a salir. "Ya decía yo que era raro que unas extranjeras vinieran a España y se metieran en la cama antes de las 12 de la noche", pensó mientras las saludaba cuando se despedían.

   Media hora más tarde, cuando el desfile había terminado, se dispuso a entrar en la biblioteca para echar un vistazo a lo que había allí y empezar a seleccionar lo que vería o leería. Se acercó a la puerta y, antes de poder abrirla, unos pasos le hicieron mirar hacia las escaleras. Un grupito de chicas bajaban charlando tranquilamente en un idioma que no pudo identificar en absoluto. Detrás de ellas y ante su sorpresa, venía un chico.

   -Hi. Could we go to the sitting room? We don't want to go out tonight and we need a place to study and prepare our works for tomorrow.

   Les dijo que no había ningún problema. No sabía si estaba más sorprendida por ver a un chico o porque un grupo de estudiantes extranjeros quisieran quedarse a estudiar y trabajar en vez de salir de juerga. En cualquier caso, una vez que estuvieron en la sala, se dirigió a la biblioteca otra vez. Había libros muy interesantes; muchos los había leído, otros los quería leer desde hacía mucho tiempo y otros no los conocía de nada. Decidió que si tenía que pasar las noches en vela, sería mejor ver alguna película. La colección que tenían era muy buena, así que estuvo segura de que pasaría unas noches muy entretenidas.

   "Belle epoque" fue la primera elegida. Le costó un poco averiguar cómo funcionaba el aparato, pero enseguida pudo sentarse en el cómodo sofá y empezar a verla. Y eso fue lo que pudo hacer: empezar. De repente un timbre sonó por toda la parte baja del edificio. Era muy pronto para que las chicas estuvieran de vuelta, así que el corazón empezó a latirle muy rápido. "Menos mal que está el grupito de empollones en la sala", pensó al dirigirse hacía la puerta. Cuando la abrió, un vigilante de la empresa de seguridad de la Universidad pareció sorprenderse tanto como ella.

   -¿Quién eres?¿Qué haces aquí?-le preguntó mientras cogía su walkie talkie y se disponía a llamar.

   -Soy la vigilante de la residencia.

   -¿Está abierta? Nadie me ha informado.

   Apretó el botón del comunicador y una voz metálica casi incomprensible contestó. Intercambiaron cuatro frases y el vigilante volvió a colgarse en walkie en el cinturón.

   -Solucionado. ¿Cómo es que está abierta en estas fechas?

   -Un congreso para estudiantes de Logopedia de toda Europa.

   -¿Eres nueva? No recuerdo haberte visto antes.

   -No habremos coincidido, pero he estado en varios centros. Me has dado un susto de muerte. No me habían dicho nada de vigilancia nocturna.

   -Sí, hacemos una ronda por todo el campus. Nos repartimos por las sedes a primera hora, luego descansamos y volvemos a hacerla unas horas después.

   En ese momento, el grupo que había estado estudiando salió de la sala y una de las chicas llamó su atención. Se dirigió hacia ella, dejando al de seguridad en la puerta. Cuando acabó, se dio cuenta de que él había entrado y cerrado la puerta. Estaba allí mirándola, esperando a que terminara de anotar las peticiones que le habían hecho para que se lo solucionaran en el turno de día.

   -Siéntate-le dijo-. Como en tu casa-añadió sonriendo. No sabía si estaba molesta porque hubiera entrado sin pedir permiso o tranquila por pasar su primera noche en el enorme edificio con un guardia de seguridad.

   Era muy enrollado, por lo que estuvieron hablando durante un buen rato, hasta que las estudiantes empezaron a volver, en un estado bastante mejor del que esperaba cuando habían salido unas horas antes. O habían bebido menos de lo que suponía o tenían mucho aguante.

   Con todo el jaleo que armaron y las peticiones que le iban dejando, estuvo entretenida bastante tiempo. Cuando quiso centrarse otra vez, él se había ido. Miró el reloj y volvió a la biblioteca para seguir viendo la película. Justo al empezar los créditos finales, un ruido como de un regimiento poniéndose en marcha resonó por todas partes. Volvió a su puesto y chicas en pijama empezaron a ir de un lado a otro; risas y gritos mientras subían y bajaban las escaleras corriendo. No habían dormido ni tres horas pero, sorprendentemente, estaban desbordantes de energía.

   Una hora más tarde, justo antes de abrirse la puerta del comedor, aparecieron todas recién duchadas y vestidas para empezar a desayunar. Su relevo había llegado un cuarto de hora antes y le estaba contando las incidencias y las peticiones de las chicas. Lo dudó un instante pero, al final, decidió entrar a desayunar con ellas. Estaba cansada y hambrienta y no le apetecía esperar a llegar a casa para comer algo. El personal de cocina, que, como le habían advertido, tenía su propio acceso y salían y entraban sin que nadie les viera, no le puso ningún problema y le dejaron que eligiera lo que más le apeteciera. Sentada a la mesa y pensando en su primera noche allí, se dijo que, si iban a ser así todas, poco tiempo iba a tener para aburrirse.

   Y no se equivocó. En cuanto se dieron cuenta de que el chico del turno de día sólo hablaba español, esperaban ansiosas su llegada. Nada más cenar y antes de subir a cambiarse para salir, iban pasando por su mesa con las quejas, preguntas y peticiones. Eran 99 chicas y un chico. Se formaba tal jaleo que les pidió que se organizaran por países, y sólo una por cada uno fuera la encargada de hablar con ella. No podían ser más diferentes: las suecas y alemanas eran bastante estiradas y creídas, las francesas, muy autosufientes, no le hicieron ni una sola petición y el resto eran encantadoras. Sólo tuvo problemas para entenderse con dos grupos: las inglesas, que tenían un inglés tan puro que, al principio, le costó pillar lo que decían, y las italianas por todo lo contrario; de hecho, cuando empezó a hablar con ellas se preguntó cómo podían decir que los españoles eran los que peor hablaban inglés en el mundo. Sólo consiguió entenderlas haciendo que escribieran todo lo que decían.

   Aprendió cantidad de cosas; belgas, holandesas, portuguesas, irlandesas, noruegas.....Decidió que era una oportunidad única para conocer costumbres y países sin salir de casa. Sin embargo hubo un grupo que la conquistó: aquellos empollones de la primera noche cuya jerga no consiguió identificar eran malteses. De allí era Noel, el único chico del grupo, un poco agobiado por verse rodeado de tanta chica él solito. Sus compañeras eran dulces, divertidas y con tantas ganas de saber cosas de España como ella de conocer detalles de Malta. Se pasó horas hablando con ellas, y con la que le pasaba la lista de peticiones llegó a mantener una amistad que llegaba al presente; estuvo invitada a su boda, típica maltesa, aunque no pudo asistir, y, tras irse a vivir a Australia, sabía que, el día que quisiera conocer las antípodas, tenía un sitio y unos guías para pasar las vacaciones.

   En cuanto al cuerpo de seguridad, no tuvo ni un momento de soledad: como era el único centro del campus que estaba abierto y tenía ese buen rollito, en cuanto se corrió la voz, se iban turnando para acompañarla según iban acabando sus rondas. Entre ellos y algún grupo que siempre se quedaba para descansar, sólo había que poner un poco de música, sacar chucherías y la velada se hacía cortísima, simplemente charlando y riendo.

   Al final de aquellos nueve días, al despedirse, sus lágrimas se unieron a las del resto de chicas. No podía creer que la hubieran pagado por aquéllo: excepto porque había estado encerrada en el edificio durante horas, habían sido unas noches divertidas, interesantes y, bastante locas.

   ¿Por qué siempre le venía este recuerdo al cambiar de trabajo? No estaba segura; suponía que poniendo el listón tan alto, sabiendo que era imposible que algo así se repitiera, no tendría expectativas que le decepcionaran por no alcanzarlas. Porque, sinceramente, ¿cuándo iba a volver a tener un trabajo que consistiera en pasarse horas hablando con gente de diferentes países mientras el cuerpo de vigilantes de seguridad se turnaba para asegurarse de que no le ocurría nada, como si fuera una famosa con guardaespaldas? Ya, claro, es que a eso  no se le llama trabajo.
   
   

   
Texto Ana María Blanco Estébanez
Todos los derechos reservados

viernes, 3 de julio de 2020

Muros, fronteras y el amor





   Los últimos bombardeos de la guerra sobre Berlín les dejaron sin la poca familia que les quedaba. Más tarde, las decisiones políticas tras la paz, les situaron en el bloque oriental de la ciudad, bajo la influencia comunista. Era algo que no les preocupaba demasiado; bastante tuvieron con sobrevivir a aquellos años y labrarse un futuro. Cuando se conocieron tiempo después, él era un prometedor médico en el hospital más grande de esa parte de la ciudad y ella la enfermera jefe de urgencias. El muro que se levantó dividiendo la ciudad, meses antes del nacimiento de su hijo, tampoco les afectó como a otras personas, ya que no había familia que separar y todos sus amigos vivían en la misma zona que ellos.

   Con sus antecedentes familiares, nadie dudaba de que Hans estudiaría medicina, como así fue. Pero no sólo por influencia familiar; descubrió en la pediatría, rama en la que se especializó, su gran pasión. Trabajar con niños le divertía y alegraba, a pesar de los duros momentos de dar malas noticias por enfermedades graves. Tenía una paciencia inagotable y los pequeñajos le adoraban. Era el gran orgullo de sus padres y todo el mundo sabía que estaba destinado a ser el jefe de su planta en el hospital.

   Nunca se había metido en política y no le importaba nada más que le dejaran trabajar en paz. Entonces, ¿qué hacía allí esa madrugada del 10 de noviembre de 1989 junto con toda aquella gente? Las noticias de las últimas semanas habían sido de lo más contradictorias; todo el mundo sabía que la situación no podía durar mucho más y que el régimen terminaría abriendo sus puertas a la libre circulación, como ya había sucedido, por ejemplo, en Hungría. Se corrió la voz de que ese día se abriría el muro para no volver a cerrarse más. 

   Había quedado con los amigos con los que salía habitualmente. No sabían qué esperar, pero no querían perderse el inicio de una nueva etapa en la historia de su país, y no fueron los únicos: a medida que se acercaban al muro, más y más gente se les unió. Ante tal avalancha, los vigilantes de la frontera decidieron abrir el paso. Al otro lado, otra cantidad de gente tan multitudinaria como la que empezaba a cruzar, parecía estar esperándoles. Risas, alegría, abrazos con desconocidos, y familias reencontrándose después de tantos años. 

   Hans no tenía a nadie a quien buscar, pero nada más atravesar el muro la vio. Había tenido alguna relación, pero nunca había conocido a una mujer que le llenara lo suficiente. Sin embargo, aquella chica morena rodeada de sus amigas, todas rubias, le llamó la atención como ninguna otra lo había hecho antes. Ante su sorpresa, todo el grupo se les echó encima para abrazarles.

   -Hola, soy Greta. Venid con nosotras a tomar algo y conocer esta parte de la ciudad. Hoy estáis invitados-le dijo.

   Y sin darles ocasión de poner la más mínima objeción, les arrastraron a una de las cafeterías de la zona que había decidido servir gratis a los nuevos vecinos.

   No volvieron a separarse. Ella estaba en su último año de Ingeniería Agrónoma. Su familia tenía una enorme granja en el norte del país y se estaba preparando para llevarla junto a su padre. Cuando meses más tarde Greta acabó sus estudios y se preparó para volver a su casa, Hans lo tuvo claro: se iría con ella. Decidieron casarse casi de un día para otro porque era la única forma de que no tuviera problemas para encontrar trabajo. Aunque al principio todo fueron promesas, meses más tarde la gente de la Alemania Occidental empezó a mirarles como un peligro para sus empleos, así que dejó de ser tan fácil poder ganarse la vida al otro lado de la frontera.

   Nunca se arrepintieron de la decisión tomada, por mucho que les advirtieran de que era demasiado pronto y de que no se conocían lo suficiente. La granja de la familia de Greta estaba en un lugar maravilloso y la posibilidad de tener a un pediatra para toda la zona, dejando de desplazarse a una distancia que, en invierno era un peligro, hizo que le recibieran con los brazos abiertos. La felicidad de aquellos años sólo se vio empañada por el vacío al que les sometió la familia de Hans al ver que echaba por tierra el futuro que para él habían planeado. Pero el nacimiento de Monika cambio todo; no hay abuelo que se resista a conocer a su única nieta, así que, como en un final de cuento de hadas, habían vivido felices durante décadas.

   Estar tan cerca de la frontera con Dinamarca les permitió vivir a caballo entre los dos países. Para alguien que se crió en su infancia y juventud con un muro apartándole del resto del mundo, poder trasladarse de un país a otro sin tener que enseñar ninguna identificación le chocó al principio; estaba claro que los seres humanos no podían ser más raros, poniendo y quitando fronteras a su antojo, sólo por razones políticas y sin pensar cómo esas decisiones afectaban a la gente.

   Monika se crió, por tanto, en una libertad total: tenía amigos en los dos países y sus vacaciones y ocio estaban repartidos por igual entre Dinamarca y Alemania. Su padre solía decirle:

   -No te enamores de un danés

   -¿Y eso?

   -A pesar de no haber fronteras, son de otro país. Si te vas a vivir allí, puede que un día otro muro nos separe. No te puedes fiar de los políticos, hija. Haz caso de lo que te dice tu padre.

   Por supuesto, la única respuesta de Monika era echarse a reír, pensando en las preocupaciones absurdas que siempre tenían las personas mayores.

   Y, como no podía ser de otro modo, Hans tuvo razón.

   Primero fue Erik. El día que apareció en casa con aquel joven guapo, musculoso, educado y con su propio negocio de turismo de rutas verdes danesas, Greta y Hans supieron que Monika había hecho su elección y, por mucho que les pesara, no podían poner ninguna pega. Llevaba semanas hablando de él, desde que le conoció en sus últimas vacaciones, cosa que no había hecho nunca con sus anteriores novietes. Fue una boda rápida, a pesar de que intentaron convencerlos de que esperaran un poco.

   -Venga ya, ¿vosotros me decís eso?¿Vosotros que os casasteis en menos de un año?

   Definitivamente no tenían mucho más que alegar. Además, Erik vivía a poco más de media hora en coche de la granja, por lo que podían visitarse a diario, si hacía falta.


   -Sólo falta una semana para poderme coger las vacaciones. ¿Por qué no me esperas y vamos juntos?-le preguntó Hans.

   -Ya te he dicho que, según están las cosas, en cualquier momento pueden cerrar la frontera, Monika sale de cuentas en 10 días y no quiero que esté sola. Te lo he repetido un millón de veces-le respondió Greta, con voz cansada y pensando que, si continuaba siguiéndola por toda la casa como un perrillo abandonado, terminaría por gritarle.

   Aquel dichoso virus que ya había alcanzado niveles de pandemia estaba amenazando con transformar las vidas de todo el mundo. Nadie sabía cómo parar su contagio y, tras meses de enfermedad en China, donde había empezado, todavía no habían sido capaces de crear una vacuna. Así que todos daban por hecho que, en cualquier momento, las fronteras se cerrarían, los negocios se cerrarían y la vida que la gente conocía desaparecía para quedarse encerrados en casa.

   Cuando Greta se alejó en el coche, cargada con maletas y los últimos trastos que les faltaban por llevar para la habitación del niño, Hans se sintió solo por primera vez desde que se conocieron. Le prometió que iría a pasar el fin de semana y, si lograba arreglar el tema de las vacaciones, se quedaría con ellos. No pudo ser; al día siguiente los gobiernos europeos decretaron el cierre de fronteras para toda la Unión. Quedaban prohibidos los viajes a otros países, excepto a los que iban a retornar a los suyos. No era su caso: él era alemán y Greta no iba a volver dejando a Monika sola.

   Al principio hablaban todos los días y, si podían, hacían videollamadas. No era lo mismo que verse en persona, pero la tecnología hacía que las distancias no fueran tan grandes. Así se enteró de que el parto fue genial, de que el pequeño Hugo nació sano y salvo y pudo comprobar que, como le dijeron desde el primer momento, era clavadito a Erik; aunque a él nadie pudo convencerlo de que la sonrisa era igual a la de su Monika de bebé.

   Cuando las semanas se convirtieron en meses, la situación para Hans era cada vez más deprimente. No cogió las vacaciones que había pedido porque no podía estar con ellos; y estar solo en casa mientras se necesitaba a todo el personal sanitario para ayudar con la enfermedad, le parecía egoísta y absurdo por su parte. Estaba agotado y necesitaba verlos como fuera, así que un día que amaneció fresco pero resplandeciente, quedaron en el puesto fronterizo que habían implantado para evitar saltarse la cuarentena. Decidió ir en bici y hacer un poco de ejercicio; no pudo haber tenido mejor idea: según se acercaba al lugar tuvo que ir esquivando coches parados en medio de un atasco. Pensó que habían abierto el paso y él no se había enterado. Pero no; lo que ocurría era que todos parecían haber tenido la misma idea que ellos. A menos de un kilómetro los vehículos estaban aparcados en la cuneta. Se acercó con la bici y, ante su ojos, igual que tantos años atrás, se encontró con una multitud de personas de todas las edades, esta vez no tan numerosa, que habían acudido para poder ver a sus familiares y amigos, de los que llevaban tanto tiempo alejados. Estaba claro que el amor siempre encontraba posibilidades para triunfar, por muchas trabas que se le pusieran.

   -¡Hans!-reconoció su voz entre el griterío. Miró y la vio con el brazo en alto, indicándole dónde estaban.

   No les dejaron traspasar la línea, pero, como el resto, pudieron verse de cerca por primera vez en semanas. Bueno, más bien adivinarse tras las obligatorias mascarillas. Acercaron el cochecito donde Hugo dormía plácidamente, a pesar de la algarabía.

   Aquel encuentro se repitió varias veces, hasta que un día, más de tres meses después de iniciada la cuarentena, los políticos decidieron que el riesgo que corrían podía ser asumido y permitieron la libre circulación entre países vecinos.

   La vida volvió a la normalidad. Las familias volvieron a reunirse. Un año más tarde parecía como si todo lo sucedido durante aquellos meses hubiera sido un mal sueño compartido por la humanidad. Sin embargo, cada vez que Hans y Greta viajaban a Dinamarca a ver a su familia, no podían dejar de preguntarse cuándo y por qué motivo las fronteras volverían a cerrarse.



Texto Ana María Blanco Estébanez
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viernes, 12 de junio de 2020

Olvidos y recuerdos



  

   Los días han ido pasando y la vida va volviendo a la rutina (extraña rutina que tenemos en estos tiempos de pandemia) tan necesaria para poder ir superando todo lo acontecido en los últimos meses. Y parte de esa vuelta a la normalidad fue la limpieza semanal del sábado acompañada de mis auriculares, aunque esta vez lo de cantar como que no me lo pedía el cuerpo. Pusieron la última canción de Pau Donés y me sentí de lo más identificada, porque efectivamente, he tenido más, mucho más de lo que cualquiera podía haber deseado. Casi todo malo (cabreo, impotencia, indiferencia, incomprensión y mucho, mucho dolor) que me costará olvidar. Pero también toneladas y toneladas de cariño que siempre recordaré.

 Empezaré por lo malo; eso que, en unos momentos en los que la situación ya es lo suficientemente trágica, es un añadido negativo que hace que te sientas como que arrastras el peso del mundo.

   Lo primero es lo que hemos tenido que sufrir todos: la horrorosa gestión de la situación por parte de los inútiles e ineptos que nos gobiernan. Como ya sabéis mi opinión respecto a la casta política española no hará falta que profundice en la poca fe que tengo en que los otros lo hubieran hecho mejor. Pero sí quiero reiterar otra vez lo que más me ha afectado de su incompetencia y falta de sensibilidad: los días de luto oficial por las víctimas del covid. En nuestro país en estos meses ha habido más muertos no covid que, según parece no lo merecen y que nos hacen sentir como víctimas de segunda. Y no hay que olvidar que ellos también han estado aislados en hospitales y solos en tanatorios, pero que alguno de los lumbreras al frente del gobierno hubiera decretado el luto por todas las víctimas de estos meses desde que se decretó el estado de alarma, sería pedir una sensibilidad por su parte de la que han dado cumplidas muestras de carecer.

   A nivel personal, me gustaría olvidar a ciertas personas que me encontré en el hospital. Mi admiración a todos los sanitarios, por supuesto, especialmente enfermeras y auxiliares, pero, como en todos los gremios, hay gente para todo. Empezaré por la persona que me atendió en Atención al Paciente y que intentó que me sintiera como una irresponsable y una estúpida. Seguro que no os sorprenderá saber que planté un par de reclamaciones con lo que que se tuvo que tragar sus palabras al comprobar que yo tenía razón. Una victoria amarga; a esas alturas de la película, mis fuerzas estaban lo suficientemente desgastadas como para que supusiera una absurda pérdida de energía física y emocional.

   Y cómo no voy a recordar esa llamada a la una de la madrugada el día de su último ingreso, una semana antes de fallecer, con el susto que os podéis imaginar al ver que era el número del hospital, de una doctora que quería saber si de verdad le había visto tan mal como para llamar a una ambulancia. Os ahorraré la surrealista conversación. 

   Por supuesto que también tengo presente al taxista que nos llevó al tanatorio; vecino para más inri, con lo que conocía nuestra situación perfectamente y que nos llevó dando un rodeo incomprensible que me hace preguntarme qué hará este personaje con las personas que no conozcan la ciudad.

   Para terminar, un mínimo recordatorio para los que yo llamo "Houdini". Ésos que en circunstancias difíciles hacen un ejercicio de desaparición que, la verdad, si no les sale de dentro estar ahí, se agradece que no hagan acto de presencia.

   Porque afortunadamente (y aquí empiezo con lo positivo que siempre llevaré en mi corazón), familia, amigos y vecinos (menos el taxista, claro), han estado físicamente los que han podido y por teléfono la gran mayoría. Unos más pesados, otros más discretos, pero todos apoyando y animando, haciendo que la obligada soledad no lo fuera tanto. No voy a nombraros porque no quiero olvidarme de nadie, pero sabéis que no lo olvidaré. Gracias por tanto. El día que pueda empezar a cobrar tantos besos y abrazos virtuales que me habéis enviado, se cerrará este círculo de cariño inmenso que he recibido de vuestra parte.

   No tengo palabras para expresar mi agradecimiento hacia unas personas que sabía que existían pero, a las que, afortunadamente, hasta ahora no había tenido que recurrir: las trabajadoras sociales. Profesionalidad, comprensión y empatía es lo que me he encontrado en ellas; en la del centro de salud, en la del CEAS y en la del hospital. Sin olvidarme de la que lleva la ayuda a domicilio que, además, nos puso en contacto con un verdadero ángel de la guarda que nos ayudó a cuidarle el último mes.

   Mi especial recuerdo para el vigilante de seguridad del tanatorio que, cuando nos quedamos solos, miró para otro lado, permitiendo que pudiéramos estar más acompañados. Sensibilidad; él sí sabe lo que es eso.

   Y para tener siempre en la memoria el detalle de mi fisio que, cuando pude ir a que intentara recomponer mi dolorido y desequilibrado cuerpo, no quiso cobrarme la sesión. Más sensibilidad y empatía.

   Pero lo que me quedará siempre son mis momentos con él durante estos meses. Especialmente ese "Hola guapa" que me decía cuando me sentaba en su cama todos los días para sujetar el termómetro con el que le tomaba la temperatura.



Texto Ana María Blanco Estébanez
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