viernes, 12 de junio de 2020

Olvidos y recuerdos



  

   Los días han ido pasando y la vida va volviendo a la rutina (extraña rutina que tenemos en estos tiempos de pandemia) tan necesaria para poder ir superando todo lo acontecido en los últimos meses. Y parte de esa vuelta a la normalidad fue la limpieza semanal del sábado acompañada de mis auriculares, aunque esta vez lo de cantar como que no me lo pedía el cuerpo. Pusieron la última canción de Pau Donés y me sentí de lo más identificada, porque efectivamente, he tenido más, mucho más de lo que cualquiera podía haber deseado. Casi todo malo (cabreo, impotencia, indiferencia, incomprensión y mucho, mucho dolor) que me costará olvidar. Pero también toneladas y toneladas de cariño que siempre recordaré.

 Empezaré por lo malo; eso que, en unos momentos en los que la situación ya es lo suficientemente trágica, es un añadido negativo que hace que te sientas como que arrastras el peso del mundo.

   Lo primero es lo que hemos tenido que sufrir todos: la horrorosa gestión de la situación por parte de los inútiles e ineptos que nos gobiernan. Como ya sabéis mi opinión respecto a la casta política española no hará falta que profundice en la poca fe que tengo en que los otros lo hubieran hecho mejor. Pero sí quiero reiterar otra vez lo que más me ha afectado de su incompetencia y falta de sensibilidad: los días de luto oficial por las víctimas del covid. En nuestro país en estos meses ha habido más muertos no covid que, según parece no lo merecen y que nos hacen sentir como víctimas de segunda. Y no hay que olvidar que ellos también han estado aislados en hospitales y solos en tanatorios, pero que alguno de los lumbreras al frente del gobierno hubiera decretado el luto por todas las víctimas de estos meses desde que se decretó el estado de alarma, sería pedir una sensibilidad por su parte de la que han dado cumplidas muestras de carecer.

   A nivel personal, me gustaría olvidar a ciertas personas que me encontré en el hospital. Mi admiración a todos los sanitarios, por supuesto, especialmente enfermeras y auxiliares, pero, como en todos los gremios, hay gente para todo. Empezaré por la persona que me atendió en Atención al Paciente y que intentó que me sintiera como una irresponsable y una estúpida. Seguro que no os sorprenderá saber que planté un par de reclamaciones con lo que que se tuvo que tragar sus palabras al comprobar que yo tenía razón. Una victoria amarga; a esas alturas de la película, mis fuerzas estaban lo suficientemente desgastadas como para que supusiera una absurda pérdida de energía física y emocional.

   Y cómo no voy a recordar esa llamada a la una de la madrugada el día de su último ingreso, una semana antes de fallecer, con el susto que os podéis imaginar al ver que era el número del hospital, de una doctora que quería saber si de verdad le había visto tan mal como para llamar a una ambulancia. Os ahorraré la surrealista conversación. 

   Por supuesto que también tengo presente al taxista que nos llevó al tanatorio; vecino para más inri, con lo que conocía nuestra situación perfectamente y que nos llevó dando un rodeo incomprensible que me hace preguntarme qué hará este personaje con las personas que no conozcan la ciudad.

   Para terminar, un mínimo recordatorio para los que yo llamo "Houdini". Ésos que en circunstancias difíciles hacen un ejercicio de desaparición que, la verdad, si no les sale de dentro estar ahí, se agradece que no hagan acto de presencia.

   Porque afortunadamente (y aquí empiezo con lo positivo que siempre llevaré en mi corazón), familia, amigos y vecinos (menos el taxista, claro), han estado físicamente los que han podido y por teléfono la gran mayoría. Unos más pesados, otros más discretos, pero todos apoyando y animando, haciendo que la obligada soledad no lo fuera tanto. No voy a nombraros porque no quiero olvidarme de nadie, pero sabéis que no lo olvidaré. Gracias por tanto. El día que pueda empezar a cobrar tantos besos y abrazos virtuales que me habéis enviado, se cerrará este círculo de cariño inmenso que he recibido de vuestra parte.

   No tengo palabras para expresar mi agradecimiento hacia unas personas que sabía que existían pero, a las que, afortunadamente, hasta ahora no había tenido que recurrir: las trabajadoras sociales. Profesionalidad, comprensión y empatía es lo que me he encontrado en ellas; en la del centro de salud, en la del CEAS y en la del hospital. Sin olvidarme de la que lleva la ayuda a domicilio que, además, nos puso en contacto con un verdadero ángel de la guarda que nos ayudó a cuidarle el último mes.

   Mi especial recuerdo para el vigilante de seguridad del tanatorio que, cuando nos quedamos solos, miró para otro lado, permitiendo que pudiéramos estar más acompañados. Sensibilidad; él sí sabe lo que es eso.

   Y para tener siempre en la memoria el detalle de mi fisio que, cuando pude ir a que intentara recomponer mi dolorido y desequilibrado cuerpo, no quiso cobrarme la sesión. Más sensibilidad y empatía.

   Pero lo que me quedará siempre son mis momentos con él durante estos meses. Especialmente ese "Hola guapa" que me decía cuando me sentaba en su cama todos los días para sujetar el termómetro con el que le tomaba la temperatura.



Texto Ana María Blanco Estébanez
Todos los derechos reservados

lunes, 27 de abril de 2020

Libre para decidir





   Recordaba perfectamente la primera vez que conoció esa palabra. Tenía 12 años y su tutora ese año era la monja que dirigía el colegio. Intentaba implantar cosas nuevas y eligió a su clase como conejillo de indias para ver si funcionaría una competición de debates. Serían dos equipos formados por tres niñas cada uno, que participarían de forma voluntaria. Los lunes les diría cuál sería el tema de la semana, el viernes se realizaría el debate y toda la clase votaría para decidir qué equipo había ganado. Que la participación no fuera obligatoria le hizo soltar un suspiro de alivio; con lo tímida que era y teniendo en cuenta los desastres que habían resultado sus participaciones voluntarias, tenía claro que, esta vez, sería mera observadora.

   Los temas eran de "interés social": inmigración, igualdad, pobreza.....No recordaba todos ni el orden, pero sí recordaba aquél último que estaba escrito en la pizarra cuando ese lunes entraron en clase: EUTANASIA. Ninguna de ellas sabía lo que significaba, así que lo primero que tuvo que hacer la profesora fue explicárselo. Pidió voluntarias y para el equipo en contra no tuvo problemas; sin embargo, ninguna se ofreció para defender eso de la muerte digna que les había estado contando. No supo cómo, porque no recordaba haber tomado la decisión. Simplemente se encontró con la mano levantada.

   -¿Nadie más? No puede enfrentarse ella sola. El debate sería injusto.

   -No me importa. Puedo hacerlo perfectamente-casi lo prefería: era la única forma de que su timidez no la dejara pegada a la silla y sin abrir la boca mientras sus compañeras de equipo tuvieran que hacer la exposición.

   Así que se pasó los días siguiente buscando información al respecto. No era tarea fácil; no había internet ni redes sociales, por lo que sólo disponía de sus queridos libros para hacerlo. En los debates anteriores se lo habían pasado muy bien, aunque, desde su punto de vista, habían utilizado demasiados números. A esas alturas de su vida, sabía que su mente no era de ciencias; los fríos y distantes datos y cifras le parecían útiles, pero para ella lo importante eran las palabras, mucho más cálidas y cercanas, así que decidió evitar usarlos.

   Sorprendentemente, la mañana de aquel viernes no estaba nerviosa; tenía muy clara su exposición, los argumentos que iba a utilizar frente al otro equipo y la conclusión final. Se sentía muy orgullosa de su trabajo y no le importaba si iba a ganar o no. Sólo sabía que su forma de hacerlo no era lo que estaban esperando y deseaba que apreciaran el esfuerzo que había hecho.

   Decir que se comió al equipo contrario sería quedarse cortos. Rebatió cada dato, cada cifra, cada demostración científica y el resto de la clase aplaudía sin parar cada vez que hablaba.. Cuando todavía faltaba un cuarto de hora para llegar a la conclusión, ya no sabían que más decir. Como ellas habían empezado con la exposición, le tocaba a ella el turno. Ante su sorpresa, cuando se levantó para comenzar a hablar, la profesora se adelantó y dijo:

   -Bueno, como os dije, no me parecía que una contra tres fuera un debate justo. Aunque lo ha hecho muy bien, está claro que, en este tema, sólo puede haber una posición, así que no vamos a votar. Os felicito, chicas, por el trabajo que habéis hecho. Ya podéis iros.

   Triste, decepcionada, bajó de la tarima pensando que no lo había hecho bien. Ante su sorpresa, cuando la monja salió del aula, sus compañeras, incluidas las tres del otro equipo, se acercaron para felicitarla. Entonces se dio cuenta de que hay temas tabú y que la gente es tan hipócrita que, aunque tengan claras sus ideas, son incapaces de exponerlas para "no molestar".

   Cuando cada una volvió a su pupitre, se acercó María Eugenia, que había permanecido de pie, detrás de todas ellas.

   -Era tan pequeña cuando murió mi padre, que apenas le recuerdo. Lo que nunca he podido olvidar es algo que le oí decir a mi madre, llorando, delante de mis abuelas y mis tías: "¿Es que nadie puede hacer algo para que se vaya ya y deje de sufrir una vez? Él lo pide cada día". Le respondieron que no lo repitiera, que era voluntad de Dios y que tenía que ser fuerte. Nunca entendí por qué mi madre tenía tantas ganas de que papá muriese; en casa nunca se habla de ese tema. Gracias a lo que ha pasado hoy aquí, creo que ya empiezo a entender que ella sólo quería cumplir sus deseos de irse.

   Nunca más hubo debates. No les dijeron por qué, pero ella siempre pensó que preferían no hacer algo cuyos resultados no pudieran tener controlados.



   Han pasado más de 40 años y la sociedad ha evolucionado tanto, que resulta increíble que todos aquellos temas de interés social sigan sin resolverse. La gente es tan civilizada y tan humana que, no sólo está permitido sino que puede estar mal visto si no se hace, cuando las mascotas llegan al final de sus días en medio de un gran sufrimiento, se las lleva a un veterinario para que las ayude a morir de la forma menos dolorosa y traumática. Sin embargo, si los últimos días, semanas o meses de una persona se desarrollan con dolor, lo único que está permitido hacer es administrar drogas que les dejan sedados o adormilados, pero, por más que los pacientes griten o supliquen que acaben con su tortura, no está permitido hacerlo.

   Sentada en el borde de su cama, recordó la primera vez que se lo pidió, hacía menos de dos meses.

   -Me voy para casa. ¿Necesitas algo?

   -Morir. Ayúdame.

   Fue algo que se repitió casi a diario. La última vez había sido un par de semanas atrás, cuando todavía estaba en el hospital.

   -¿Quieres un poco de agua?

   -Veneno... y acaba de una vez con esto.

   No podía hacer nada y se sentía impotente ante el hecho de que si fuera un perro, haría semanas que habría acabado esa tortura. ¿Por qué les había resultado imposible a todos los gobiernos, fueran del partido que fueran, legislar para permitir que el final de las personas fuera tan humanitario como el de nuestros queridos animales? Seguía siendo un tema tabú y la gente continuaba siendo tan hipócrita como cuando tenía 12 años.



Texto Ana María Blanco Estébanez
Todos los derechos reservados

miércoles, 11 de marzo de 2020

Sara y sus rubias



   -Y ahora vamos a presentaros el nuevo trabajo de nuestro amigo Manuel Carrasco: "'¡Qué bonito es querer!"

   Cuando lo oyó, Sara estuvo a punto de cambiar de cadena. No era muy fan del Manu, aunque tenía que reconocer que, al final, sus canciones le terminaban gustando. Bueno, no perdía nada por escucharla, así que dejó el dial donde estaba.

   "Tiene un cañón de alegría disparando en los ojos
   Y todo aquel que la mira se llena de amor...."

   Aunque en su vida había morenas y hasta alguna pelirroja, las primeras letras de la canción le trajeron a la mente a sus cuatro rubias; las cuatro patas en las que se apoyaba su vida cuando se convertía en Sarita Agonías. Sólo la gente para la que cualquier pequeño tropiezo se convertía en un Everest podía entenderla; bueno y esas cuatro maravillosas mujeres que sabían cómo calmarla o animarla o lo que necesitara en cada momento. Y, si bien todas habían pasado por momento duros en sus vidas, la alegría de sus ojos era algo común cuando las conocías.

   "Es el ángel de la guarda para los demonios..."

   Sin ninguna duda era Pepi. La conocía desde hacía casi 15 años y, debido a su delicada salud, fue la única capaz de entender cómo se sentía en una de las peores etapas de su vida, cuando al despertarse cada mañana tenía que analizar qué nueva parte de su cuerpo se unía a las demás para martirizarla de dolor. Dulce, generosa y tan fuerte; a menudo se preguntaba, y le preguntaba a ella, de dónde sacaba esa fuerza para seguir cada día a pesar de todo. Alejadas físicamente, ahora sólo se veían una o dos veces al año, pero gracias a las redes sociales se mantenían en contacto a diario......y siempre unidas en la distancia.

   "Es esa palabra que escucha cada suspirar...."

   Alba, por supuesto. Tan segura de sí misma, con las ideas muy claras y siempre transmitiendo una calma capaz de tranquilizarla en cualquier situación. No sabía cómo lo hacía, pero ante una de sus crisis la escuchaba sin decir nada y, al final, lograba minimizar, que no menospreciar, cada una de sus preocupaciones logrando que viera que todo en la vida tiene solución y que "pre"-ocuparse de las cosas sólo te lleva a situaciones estresantes con las que no se logra nada, excepto ponerte enferma.

   "Ella no supo qué hacer cuando la derrotaron..."

   Lupe, su querida y loca Lupe. Hacía más de 12 años que entró en su vida, llenándola de risas, llanto y todos los cambios de humor que se puedan imaginar. Porque así era ella: sentimiento en estado puro y con el corazón más grande que había visto nunca. Acababan de pasar seis meses sin verse y casi sin hablarse por una absurda discusión telefónica. Cuando la conoció, la vida le había pasado por encima con una serie de trágicas desgracias que la habían convertido en la persona más aprensiva del mundo. Sin embargo, nunca dejó de reír, aunque fuera entre lágrimas. "Ay, Sarita, si me hubieras conocido antes de aquello, entonces sí que era alegre y divertida", solía responderle cuando le decía lo sorprendente que era esa chispa de luz que tenía en los ojos, aunque estuviera hecha polvo.

   "Ella aprendió de las lágrimas, harta de llorar...."

   Ufff....Lidia.....tan encantadora y buena....y tan autodestructiva. La sentía alejarse más y más y no sabía qué hacer para ayudarla. Tenía que encontrar el camino para recuperar las fuerzas y la energía positiva que tenía cuando la conoció. Sólo esperaba que en el trayecto no perdiera para siempre a esa persona dulce y risueña que se ganó su confianza la primera vez que hablaron, hacía ya más de cinco años, y con la que siempre había podido contar cada vez que la necesitó.

   Cuando acabó la canción, tenía una gran sonrisa en la cara. Cogió el móvil, buscó la canción en Google y mandó el enlace a cuatro guasas, acompañado de una sola palabra: "Gracias". En menos de una hora tenía cuatro enormes corazones palpitantes en su pantalla. Sólo esperaba que supieran lo afortunada que era por tener su amistad.




Texto Ana María Blanco Estébanez
Todos los derechos reservados

viernes, 6 de marzo de 2020

Un día en Portugal: pabernos matao


   El tiempo en Semana Santa es tan impredecible que sus planes de llevar una maleta pequeña para cuatro días empezaron a esfumarse en cuanto fue añadiendo los "por si". Mientras miraba aquel montón de cosas que había ido preparando e intentaba averiguar la forma de meterlo todo en el pequeño trolley azul de dos ruedas que tenía al lado, no pudo evitar pensar en el mismo viaje, hacía más de 30 años, del que volvió viva de milagro y que le marcó de tal forma que nunca más había vuelto a pisar suelo portugués.


   -Frutos secos, patatas fritas, cortezas......Es que no sabía por qué decidirme-dijo en tono meloso al meterse en el coche en aquella luminosa mañana de un domingo de septiembre, cuando él la miró con asombró al ver la enorme bolsa que acababa de dejar en los asientos traseros del viejo Citröen.

   Le dijo que se encargaría del picoteo y él de la bebida. Pensaban comer en algún sitio para probar la comida típica, pero saliendo a las seis de la mañana y volviendo de noche, querían llevar algo para comer y beber en las paradas que fueran haciendo por el camino, que tampoco era plan gastar más dinero del necesario.

   Llevaban diez meses saliendo y no pudo evitar echarse a reír cuando le dijo que había hecho una promesa a la Virgen de Fátima: si aprobaba todo iría al Santuario. A ver, sabía que lo suyo no eran los estudios y que le estaba costando muchísimo sacar la carrera, pero ¿hacer una promesa a una Virgen? En fin, que no tenía ni idea de que tuviera ese tipo de creencias. Pero bueno, una excursión era una excursión, todavía hacía buen tiempo y, casualidades de la vida, aunque ir a Fátima le daba igual, resulta que en aquella época los culebrones estaban muy de moda, y el que había seguido ese verano transcurría en parte en Coimbra. Nunca había oído hablar de esa ciudad y le encantó lo que vio en los episodios que seguía a diario. Así que hizo un trato: iría con él siempre y cuando pasaran por Coimbra, que no tenía ni idea de si estaba cerca o no de Fátima.

   Un mapa de carreteras y consejos de amigos que ya conocían la zona, les llevó a trazar el itinerario dirigiéndose primero a la vieja ciudad para seguir por la autopista hasta Leiria y de allí al Santuario. 

   Entrar en territorio portugués no les sorprendió demasiado: al principio era como la zona castellana que acababan de pasar y, kilómetros adelante, el paisaje se fue pareciendo cada vez más al gallego. A punto de empezar a marearse, llegaron a Coimbra y se dirigieron al precioso edificio de la Universidad. Necesitaban ir al servicio, así que entraron en uno de los bares a tomarse una Coca-cola. La verdad es que estaba muy decepcionada: todo estaba muy sucio. Puede que el tiempo nublado y húmedo contribuyera a esa sensación, pero lo cierto es que esperaban otra cosa.

   Tras un paseo mucho más breve de lo que habían planeado, salieron en dirección a Leiria. Otra sorpresa desagradable. "¿Esto es una autopista?¿Seguro que no te has confundido?" le preguntó al ver aquella carretera de doble carril en cada sentido, pero con  cruces de un lado al otro. Cuando estuvo claro que, efectivamente, aquélla era la autopista que tenían que tomar, no pudo evitar pensar que la autovía Valladolid-Palencia parecía mucho mejor que aquella vieja carretera.

   Lo vieron venir, pero no creyeron que fuera tan insconsciente: un coche apareció por uno de los desvíos de la izquierda, cruzó los carriles que iban en dirección contraria y, sin parar, salió en los que iban ellos. Como estaban en el carril de la derecha, lógicamente, supusieron que el otro vehículo se quedaría en el de la izquierda; sin embargo, ante su asombro, se dirigió directamente hacia ellos. Intentó frenar, pero la carretera estaba húmeda y perdió el control del Citröen.

   Fueron unos segundos interminables hasta que chocaron contra algo y se pararon. "¿Estás bien?", le preguntó él. Ella asintió. Abrió la puerta para bajar y se dio cuenta de que su lado no estaba apoyado en el suelo. Pegó un salto, se dirigió hacia el morro y dio la vuelta para abrirle la puerta a ella. Por la cara que tenía sabía que algo iba mal. Al salir, con piernas temblorosas, vio que estaban en la embarrada cuneta......por suerte: la parte derecha del morro estaba clavada en el barro y empotrada contra un seto. Se acercó y al mirar por encima de aquella valla vegetal vio una caída de varios metros, no sabía decir cuántos, pero los suficientes para no haberlo contado si hubieran saltado por allí.

   No había ni rastro del otro coche y ninguno de los que pasaban parecía tener intención de pararse a ayudarles.

   -Mira, la poli-le dijo él con un suspiro de alivio.

   Para su sorpresa, tampoco pararon. No podían creerlo: ¿un accidente de tráfico y un coche de policía no paraba? Pero, ¿en que país tercermundista estaban?

   Pensaban que no les quedaba otra opción que ir andando hasta algún sito, aunque estaban en medio de ninguna parte y no sabían hacia dónde tirar. Y, de repente, un coche paró. Un matrimonio de jubilados se acercó a ellos y, medio en portugués medio en español, les dijeron que nunca paraban en la carretera, pero que parecían tan desamparados y tan jóvenes, que no habían podido pasar de largo. Una vez analizada la situación, el hombre les dijo que sólo hacía falta una cadena, con la que tirar con otro vehículo, para sacarles de allí. El problema era que ninguno de los dos coches llevaba una. Solución: plantarse en medio de la autopista cuando pasaba un camión que, afortunadamente, paró. Por supuesto que llevaba cadenas, así que la operación no duró más de cuarto de hora. Cuando estuvo fuera del barro, el camionero se fue. Comprobaron los daños y, milagrosamente, el coche parecía funcionar; sólo hacía falta cambiar el neumático, que había quedado completamente destrozado. Al ver que ya lo tenían todo controlado, la amable pareja les dejó. Nunca podrían olvidar su ayuda.

   Apenas recordaba nada del resto del camino; y lo mismo podía decir de Fátima: excepto la enorme explanada, lo demás estaba como entre niebla. Le propuso ir a comer, pero ella dijo que no, que picaría algo de lo que llevaban y nada más. Sólo quería volver a España lo antes posible. Así que, tras un breve descanso, se pusieron en camino.

   Había mucho más tráfico, aunque ella apenas lo notaba; entre los nervios y lo poco que había podido comer, estaba a punto de marearse, por lo que decidió ir tumbada en el asiento trasero, donde iba medio dormida hasta que un frenazo y un choque repentino la empujó contra los asientos delanteros.

   -¡Mierda!-exclamó él.

   -¿Qué ha pasado?¿Otro accidente?¿Nos han vuelto a dar?-preguntó pensando que no podían tener tan mala suerte.

   -Esta vez he sido yo. No te muevas. Creo que no ha sido nada, así que voy a salir a arreglar los papeles.

   Se incorporó y, a través de la luna delantera, pudo ver la autopista llena de coches. Debían haber pillado la hora punta de retorno del fin de semana. Él estaba con una pareja de mediana edad; el hombre bastante tranquilo, pero la mujer no hacía más que gesticular y señalar la parte trasera del que suponía que era su vehículo. No podía oírlo, pero parecía que estaba gritando.

   Salió del coche tambaleándose y se acercó al grupo. Parecía que le habían dado a un Volvo recién salido del concesionario. La mujer no dejaba de gritar; apenas podía entenderla, pero sí que tuvo claro que estaba criticando la forma de conducir de los españoles. Ya no pudo aguantar más.

   -¡Deje de gritar de una vez!Llevamos seis horas en este país y hemos tenido dos accidentes de coche. Nadie se paraba, ni siquiera la policía. Sólo tiene un arañazo en su cochazo, pero nosotros hemos estado a punto de morir esta mañana por un loco-era una mezcla de gritos y sollozos.

   La mujer pasó de la sorpresa ante la aparición (no sabía que había alguien más en el coche) a sentir lástima por aquellos pobres críos. Mientras ellos arreglaban los papeles del seguro, la abrazó y la consoló como pudo.

   -¿Quieres que paremos en algún sitio para descansar y tranquilizarnos?-le preguntó cuando se pusieron de nuevo en marcha.

   -Si no hace falta gasolina no quiero que pares hasta que pasemos la frontera.

   Y eso hizo. El primer sitio que vieron fue una gasolinera con una pequeña área de servicio. Bajaron del coche, se abrazaron.....y tuvieron que salir corriendo detrás del coche porque se le había olvidado echar el freno de mano.

   -A Dios pongo por testigo de que jamás volveré a ese país si no es en avión o con un tanque-le aseguró de camino a casa.


   Habían pasado más de 30 años y no iba a ser en avión ni en tanque, pero esperaba que un autobús fuera lo suficientemente seguro como para arriesgarse a entrar, de nuevo, en tierras portuguesas.




Texto Ana María Blanco Estébanez
Todos los derechos reservados

viernes, 14 de febrero de 2020

Fotos antiguas de Valladolid




   Pues sí, aquí estoy otra vez con uno de mis alegatos. Ya sabéis que no me gusta nada, pero cuando a una la eliminan y bloquean de un página de Facebook, sin ningún motivo, te corroe un cabreo que tiene que salir por algún lado, y ya sabéis que yo, cuando me indigno, lo escupo escribiendo.

   Veréis lo que me ha pasado. Hace unos meses, uno de vosotros me envió una invitación para formar parte del grupo de Facebook "Fotos antiguas de Valladolid". Me pareció interesante y la acepté; y ellos me aceptaron a mí. Me mandaron las condiciones del grupo: derechos de autor de las fotos y, sobre todo, no escribir textos ofensivos, racistas, sexistas, xenófobos y todo eso con lo que, por supuesto, estaba de acuerdo completamente.

   Total que, desde ese día, disfruté de las preciosas y sorprendentes fotos de nuestra ciudad. En cuanto a los comentarios, pues había de todo; alguno fuera de tono, pero, por lo general, la mayoría de la gente se limita a admirar y lamentar las pérdidas de gran parte de nuestros edificios históricos. Yo, pues algún comentario hice, aunque lo normal es que me limitara a dar algún like.

   Y con esto llegamos a hace unos días, cuando se publicó una foto del antiguo Teatro Coca y, en los comentarios, algunos alababan el hecho de que el Teatro Lope de Vega hubiera pasado a ser del Ayuntamiento, justo el día anterior, para asegurar su conservación.Yo, en este caso hice un comentario que voy a intentar reproduciros literalmente: "¿Pasará lo mismo con el Lope de Vega?Ya me gustaría poder ser más optimista, pero el hecho de que ahora pertenezca al Ayuntamiento no me parece seguro para su conservación. Y como ejemplo tenemos el edificio de la Electra, al que cada día veo deteriorarse más y más 😔". No es una transcripción literal, pero era eso más o menos. Sin palabras ofensivas, creo yo. 

   A los que pertenecéis al grupo os diría que entrárais y lo leyérais......pero va a ser que no podréis. Resulta que, alrededor de dos horas más tarde de escribirlas, recibí un like y, cuando entré para verlo, me salió un mensaje diciendo que no tenía acceso a la página. Ingenua de mí, pensé que estarían haciendo alguna modificación y que por eso no podía entrar.

   Al día siguiente me pasó lo mismo: ni podía ver las fotos ya publicadas, ni podía encontrar la página ni, alucinante, aparecía alguna de mi actividad relacionada con ellos en mi muro. Y entonces empecé a pensar que quizás me habían echado; pero ¿por qué? Nunca puse fotos y apenas hice comentarios. Y recordando, dí con el último, el hecho el día anterior. "No", pensé, "ese comentario no era ofensivo, racista ni nada parecido."

   Esta mañana, comentándoselo a alguien del grupo me dice que la página sigue abierta y que sí puede verlo todo. Busca la foto en la que hice el comentario y......efectivamente, mi comentario y el like correspondiente han desaparecido.

   Así que ya convencida de que no sólo me habían echado, sino que ya no queda ni rastro de mi paso por el grupo, me sentí como una agente de la CIA a la que, cuando intentan investigar no encuentran ningún antecedente: el pasado borrado definitivamente. Y como no encuentro ninguna razón para lo que han hecho, he decidido, por un lado, desahogarme y por otro informaros de cómo las gastan.

   Os pediría que lo compartiérais por un par de motivos: para que la gente del grupo sepa que no puedes decir nada que pueda ser considerado una mínima crítica, por muy light que sea, porque os echarán, y para el pobrecillo que me dio un like, por si a él también lo echaron, que sepa que le estoy muy agradecida😉

   Una última reflexión: si me han echado por lo que dije de la mala conservación del edificio de la Electra por parte del Ayuntamiento, ¿debemos pensar que la página está controlada por políticos? Y, si es así, ¿resulta que tenemos un Ayuntamiento que, tan liberal como dice que es, practica la censura a cualquier comentario que no les alabe?



Texto Ana María Blanco Estébanez
Todos los derechos reservados

jueves, 13 de febrero de 2020

Dos desconocidos y un ascensor




   -Hoy sí subes en el ascensor, ¿no?-le preguntó sujetando la puerta cuando la vio venir empujando el carrito de la compra. Todos los vecinos sabían que lo suyo eran las escaleras, no por miedo, sino por hacer ejercicio. De hecho, alguna vez se habían reído de ella al verla subir agotada y casi sin aire....pero por las escaleras.

   -Sí, gracias. Aunque no llevara este trasto también lo usaría. Los viernes a estas horas estoy tan cansada-le dijo casi resoplando.

   -Bueno, ahora a jugar al tetris-añadió él, entrado primero puesto que iba a bajarse después de ella. Se puso de lado y dejó las bolsas de rafia que llevaba en el suelo para ayudarle a colocar el carrito. Ella se metió en el único espacio que quedaba.

   -Y menos mal que no es invierno-se rió ella, imaginándose en aquel pequeño habitáculo con los abrigos de ambos.

   -Bueno, es pequeño pero cumple su función-respondió él, pulsando el botón en el que ella tendría que bajarse. No dio al suyo porque, aunque no tan antiguo como el edificio, el ascensor era tan viejo que no tenía memoria, así que ya lo pulsaría cuando ella saliera.

   Clara llevaba diez años viviendo allí y Andrés toda la vida. Era la vieja casa de sus padres. Cuando tuvieron que llevarles a una residencia y, puesto que ninguno de sus hermanos la iba a usar, decidió quedarse a vivir en ella. A pesar de vivir en la misma mano de la escalera, apenas coincidían. Un saludo y unas palabras de cortesía las pocas veces que subían juntos en el ascensor; eso era todo lo que habían hablado en estos años.

   Primero fue un chirrido y luego un click, seguido de un movimiento extraño, lo que hizo que se miraran con temor. "Uy, qué mal ha sonado eso", pensó ella. Pero como siguió funcionando y él parecía tan tranquilo, respiró hondo, esperando llegar cuanto antes. No pudo ser; no habían subido otro piso cuando el trasto se paró bruscamente, empujándoles al uno contra la otra.

   Como en un duelo en el oeste, los dos se lanzaron a buscar sus móviles.

   -No tengo cobertura-se adelantó él.

   -Yo tampoco-respondió ella cuando pudo encontrar el aparato en el fondo de su bolso. Reprimió su impulso de aporrear las puertas metálicas y gritar como una posesa. "A ver, Clarita, compórtate, que no queremos que este tío piense que somos unas locas histéricas".

   -La última vez que se paró estuvimos todo el fin de semana sin poder usarlo porque era viernes por la tarde y tenían que pedir la pieza, así que hasta el lunes no lo arreglaron.

   -Pues es viernes.....y casi son las 9-le dijo ella mirando el reloj.

   Ninguno de los dos habló durante unos minutos.

  "Por favor, que no sea una loca histérica que empiece a tener un ataque de ansiedad"-pensó Andrés.

   "Vaya, pues tenía razón Maruja: es tan poquita cosa que nadie diría que es neurocirujano"-Clara se obligó a pensar en otras cosas que le tranquilizaran un poco. Empezaba a ponerse nerviosa y no quería perder la compostura. Hacía sólo un par de semanas que supo a qué se dedicaba. Llegó a casa del trabajo y una de las ancianas vecinas le dijo: "Oye, ¿no sabrás cómo quitar esta luz roja del móvil?. Mi hija me ha regalado uno nuevo y no sé cómo funcionan todas las teclas". Le recordó a sus padres y su preocupación por las luces rojas que aparecían en la pantalla si había una llamada perdida o un mensaje. Cuando acabó con el problema y le devolvió el aparato, le preguntó si podría enseñarle a guardar los números en la agenda; antes de darse cuenta estaba en su salón, ante una taza de café y metiendo números en el móvil, mientras ella se dedicaba a hablar y hablar sobre los vecinos. Se enteró de cotilleos antiguos y nuevos, historias de los primeros habitantes y sus hijos y dónde andaba cada uno, aunque de la mayoría, Clara, ni sabía de quién le estaba hablando. Sólo pensaba en lo manipuladoras que son las personas mayores y en cómo te engatusan sin darte cuenta. Tenía que recordarlo la próxima vez que se la encontrara en la escalera, si no quería terminar como esa tarde. De hecho, cuando oyó que le decía que a ver cómo iba ella a colocar los canales en la tele cuando volvieran a cambiarlos un par de meses más tarde, decidió que había llegado el momento de salir huyendo antes de que se comprometiera a hacerlo sin darse apenas cuenta.

   Pues sí, allí estaba, atrapada en un ascensor con un neurocirujano nada menos. Ahora que le tenía tan cerca, se dio cuenta de que se parecía un montón a su padre. Cuando les conoció diez años atrás no se lo pareció, pero ahora...ufff, clavaditos. "Qué viejo está. ¡Cielos!¿Pensará lo mismo de mí?¿Estaré tan mayor?"

   "La verdad es que no está nada mal", pensó mientras observaba su minifalda y su blusón de tirantes."A ver, Andrés, ahora no, ni se te ocurra"-tenía que hablar de lo que fuera porque su mente no podía dejar de ver la sexy ropa interior que colgaba todas las semanas en el patio. Teniendo en cuenta que la gran mayoría de las mujeres del edificio ya no cumplirían 70 años, sus minúsculos tangas coloridos destacaban entre tanta faja y braga color carne. Cierto que alegraban la vista, pero en ese momento, teniéndola tan cerca, no era precisamente lo más oportuno en lo que pensar.

   -¿Hay alguien ahí?-gritó una voz.

   -Siiiiii-soltaron al unísono.

   -Voy a llamar al técnico. No os preocupéis, que en seguida vienen a sacaros. La llave que abre la puerta no aparece, así que tenéis que esperar un poco más.

   -Bueno, de hambre no vamos a morir-le dijo abriendo una de las bolsas, donde aparecieron paquetes de embutido, tabletas de chocolate y galletas de todo tipo.

   "Yo diría que antes moriremos de sobredosis de grasa y azúcar"-pensó Clara al ver todas aquellas cosas tan ricas, pero tan poco saludables. No debió disimular lo que pensaba porque inmediatamente Andrés abrió la otra bolsa diciendo: "También tengo comida más sana". Ante sus ojos apareció toda una deliciosa mezcla de fruta. No sabía si le gustaba más el hecho de que no sólo comprara comida basura o si que, además, lo hiciera a granel, sin usar bolsas de plástico.

   -Ni de sed-respondió ella abriendo el carrito donde llevaba agua, leche y zumo de arándanos. "Mierda, ya me olvidé otra vez el suavizante", pensó.

   -A esto se le llama compenetración-dijo Andrés riéndose.

  -¿Así que eres neurocirujano?-le preguntó de golpe.

   -Pues sí. ¿Cómo lo sabes?

   -Vecinas cotillas-respondió con una sonrisa.

  -Ya-dijo con un suspiro. Qué le iba a decir que no supiera, después de vivir allí toda su vida. -Y tú periodista, ¿no?-Era una pregunta tonta, ya que todos sabían que presentaba las noticias en el canal local de televisión.

   -Sí. Oye, se me ocurre que cuando tratemos algún tema médico podrías venir como asesor especializado.

   -Uy, ni lo sueñes. A mí todo lo que tenga que ver con la prensa me da repelús.

   -A ver, que no somos el Sálvame. Pero, tranquilo, que no insistiré.

   Se hizo un silencio algo incómodo. Sin embargo, habían pasado sólo unos segundos cuando las puertas se abrieron. Se habían quedado entre dos pisos, así que el técnico les dijo que era más peligroso intentar salir en ese momento que esperar los minutos que tardaría en arreglar la avería.

   Un cuarto de hora más tarde, el ascensor se paraba sin problema en la planta de Clara. Habían pasado allí casi una hora. Sujetó la puerta exterior mientras ella sacaba el carrito.

   -Bueno, pues ya acabó la aventura-se despidió Clara con una sonrisa.

  -Oye-le dijo cuando llegaba a la puerta de su casa.

   Clara se volvió. -Dime.

   -Lo he pensado mejor y creo que si necesitas alguna vez consejo médico puedes contar conmigo....siempre y cuando no me hagas salir en pantalla, ¿vale?

   -Vale-le dijo riendo.-Prometido.

   Y Clara entró en casa pensando que tenía que encontrar la forma de convencer a su jefe de que sería muy interesante hacer algún reportaje médico relacionado con el campo de la neurocirugía. Si el destino había decido unirles en un ascensor, ¿quién era ella para llevarle la contraria?




Texto Ana María Blanco Estébanez
Todos los derechos reservados



viernes, 7 de febrero de 2020

¿Por qué a mí?




   Un sonido seco y un tirón le hicieron mirar hacia atrás. Otra vez una de las ruedas del carrito había tropezado con las irregularidades de las baldosas de la calle. Tuvo que levantarlo un poco y volver a tirar de él para que siguiera rodando. Ya no era capaz de recordar cuántos años llevaba empujándolo y arrastrándolo por todas partes, cargado con las pocas pertenencias que le quedaban; cada vez menos, porque apenas rebuscaba en los contenedores como hacía al principio, recogiendo lo que para alguien era ya un trasto viejo, pero, para él, suponía algo de comodidad en su vida a la intemperie. El día que encontró aquel carrito de la compra al que sólo le fallaba la cremallera trasera se sintió feliz: por fin, podía dejar de cargar con las enormes bolsas de plástico llenas de ropa y trastos viejos que utilizaba desde hacía meses.

ÉL

   Cuando llegó a casa con la carta de despido y la correspondiente indemnización, fue una de las pocas ocasiones en las que se sintió aliviado por no haber tenido hijos. A Laura le habían echado de la tienda sólo un mes antes, así que tendrían que ajustarse el cinturón todavía más. No les había pillado de sorpresa, porque con la crisis cayendo sobre casi todos los sectores, sabían que, más pronto o más tarde, les podía tocar a ellos; aunque siempre tuvieron la esperanza de que, al menos uno de los dos, pudiera mantener el trabajo.

   A los cinco meses la situación era casi insostenible; no a nivel económico, porque entre las indemnizaciones y el paro, todavía podían mantenerse sin problemas. Sin embargo, levantarse cada mañana se convirtió en una losa de monotonía y aburrimiento; una rutina que, después de desayunar y hacer los recados, les llevaba a mirar periódicos y todas las páginas web en las que pudieran aparecer ofertas de trabajo. Habían olvidado la cantidad de curriculums enviados, de entrevistas realizadas y.....de cartas y llamadas de rechazo.

   Al principio se lo tomaron como unas vacaciones y estaban seguros de que, en cuanto empezaran a buscar, encontrarían un trabajo. Sabían hacer casi cualquier cosa y habían trabajado en talleres, fábricas, tiendas e incluso como comerciales. Pero después de tanto tiempo, el desánimo les había empezado a afectar no sólo individualmente, sino también en su relación de pareja.

   Por eso, cuando Javi le llamó para ofrecerle un trabajo en su taller, no lo dudaron. Cierto que les encantaba su piso de Madrid y que volver a la isla casi les parecía como un fracaso en su búsqueda de la vida perfecta, pero rescindieron el contrato de alquiler y se llevaron todas sus cosas, que no eran demasiadas, para instalarse en la casa que le dejaron sus padres después de morir y a la que sólo iban, de vez en cuando, de vacaciones.

   Casi todos los vecinos eran desconocidos, ya que la mayoría de la gente con la que se crió en el barrio había fallecido o se había mudado muchos años atrás. Los actuales habitantes eran parejas de su edad; algunas con niños pequeños, y tenían tan buena relación que casi parecían formar una gran familia. La primera semana recibieron la visita de todos para ofrecerse en lo que necesitaran y para invitarles a la comida que hacían todos los sábados en el merendero común a las parcelas.

   Parecía que, por fin, la vida volvía a sonreírles. Laura se dedicó a poner en orden la vieja casa antes de empezar a buscar trabajo. Todas las de alrededor habían sido reformadas y la suya destacaba por su aspecto dejado. De entrada no pensaban hacer mucho: arreglar el tejado, porque había zonas en las que la ausencia de tejas era evidente, y el resto lo irían haciendo según fueran viendo las necesidades. Si todo iba bien, meses más tarde sería el momento de plantearse qué tipo de casa querían tener y de enfrentarse a las grandes obras.

   Trabajar con su amigo de la infancia resultó exactamente como esperaba. El taller de carpintería metálica que abrió su padre no había dejado de funcionar estupendamente, incluso en aquella etapa de crisis global; por eso, tras su jubilación, Javi necesitaba a alguien para la nave mientras él se encargaba de la instalación y, al saber su situación, no dudó en ofrecerle un puesto.

   Cuando volvía a casa, Laura estaba feliz, ocupada todo el día limpiando, organizando y comparando posibilidades de empresas para arreglar el tejado cuanto antes. Gracias a sus vecinos ya sabía de sobra dónde era mejor hacer las diferentes compras: la mejor calidad y los mejores precios. Durante las vacaciones pasaban todo el día fuera y nunca se había preocupado por todas esas cosas.

   -Esto ya está todo listo. La semana que viene empiezo a buscar curro. De momento no sé de nada, pero iré preguntando y mandando currículums-le dijo una tarde, cuando llevaban allí casi dos semanas.

   Nunca pudo recordar el momento exacto; qué día llegó a casa y vio que había estado llorando. Le preguntó, pero le dijo que no, que se le habían irritado los ojos limpiando y que eso era todo. No era cierto; desde ese momento dejó de ser la Laura alegre, divertida, positiva y charlatana. Y, lo que más le sorprendió: dejó de ponerse mallas y minifaldas y empezó a usar prendas muy anchas que ocultaban ese cuerpo que siempre le había vuelto loco.

   -Estoy más cómoda así-le respondió cuando le preguntó por su cambio.-Los hombres no sabéis lo incómodo y esclavo que es estar siempre monas.

   Sabía que pasaba algo, pero también sabía que era inútil intentar que le contara lo que no quería decirle, hasta que llegara el momento de hacerlo.

   Desgraciadamente para los dos, ese momento nunca llegó.

   ¿Casualidades?¿Destino?¿Trampas de la vida? Qué más da; el caso es que aquella mañana de la semana en que se iba a cumplir un mes desde que llegaron allí, Javi estaba fuera instalando unas ventanas, y a él, que llevaba años utilizándola, se le escapó de la mano la pistola multiherramienta que usaba para casi todo y terminó golpeándole en la cara. Cuando la intensidad del dolor bajó lo suficiente, se miró en el espejo y vio que la mejilla y todo alrededor del ojo se estaba hinchando y amoratando, así que llamó a Javi para decirle que cerraba el taller y se iba a casa. No cogió el teléfono, como siempre que estaba trabajando. Pasó de dejar un mensaje en el buzón de voz. Cuando viera la llamada perdida se la devolvería; era la rutina habitual.

   Necesitaba descansar y tomarse algo para el dolor de cabeza, además de ponerse algo frío que bajara la inflamación del ojo.

   En cuanto abrió la puerta y oyó aquellos extraños sonidos supo que algo iba mal.


ELLA


   Cuando la vida te cierra una puerta, siempre te abre una ventana, había oído decir muchas veces; así que cuando le dijo que tenían una oportunidad de empezar de nuevo, aunque fuera volviendo a sus orígenes, vio el regreso a la isla como la ventana que la vida les abría a cambió del portazo que les había dado meses atrás.

   Aunque lo de estar en casa no iba mucho con Laura, al principio no dudó que lo primero era poner al día la vieja casa: tirar trastos viejos y lavar y limpiar techos, paredes, ventanas y puertas. La verdad es que se encontraba con tanta energía que en unos diez días ya parecía otra: limpia, luminosa y.....vacía. Tenía que empezar a comprar cortinas y algunos de esos objetos de decoración que son los que terminan de convertir cuatro paredes y un techo en un hogar.

   Estaba bajando de la escalera que había utilizado para colocar el estor de la cocina cuando vio su cara mirando a través de la ventana. Se llevó tal susto que perdió el equilibro y, de no haberle faltado sólo dos peldaños de bajar, podía haberse dado un buen golpe. El sonrió a través de la ventana y juntó sus manos pidiendo perdón. 

   -¡Vaya susto me has dado!-le dijo cuando abrió la puerta.-¿Qué haces por aquí?¿Querías algo?

   -Sólo ver cómo le va a la chica más atractiva de la isla en sus labores de limpieza y decoración-respondió riendo-¿Necesitas la ayuda de un fornido hombretón?

   -No, gracias. Ya he terminado por hoy. Iba a preparar la comida. ¿Quieres tomar un café o una cerveza? Bueno, si no tienes prisa por volver.

   -Acepto encantado. Acabé antes de lo previsto, así que tengo un rato libre.

   Se sentó en una de las viejas sillas de la cocina y empezaron a charlar, mientras la iba observando moverse de un lado al otro para ir cortando, pelando, picando y friendo los alimentos que iban a comer. Estaba más bromista de lo habitual, pero llegó un momento en el que Laura empezó a sentirse incómoda; las gracias eran demasiado insinuantes, las miradas cada vez más desagradables y, de repente se levantó y se colocó detrás de ella, apoyado en la encimera, sin dejarle espacio para pasar sin rozarse con él. No podía entender qué le pasaba: ¿habría bebido algo más que aquella cerveza que le dio?¿Por qué de repente se comportaba así?

   No sabiendo cómo salir de aquello, fingió que se había quedado sin tomates y tenía que ir a la frutería. No, no hacía falta que la acompañara; prefería darse un paseo. Salieron juntos y en la puerta se despidió, como siempre, con un beso; aunque esta vez, de no haber vuelto la cara, no hubiera sido en la mejilla sino en sus labios. Cuando le vio subir a la furgoneta, tuvo que apoyarse en la barandilla del porche; sus piernas le temblaban de tal forma que apenas podían sostenerla. ¿Qué había pasado? Cuando logró reponerse, entró de nuevo en la casa y, sin darse cuenta, mientras picaba los ingredientes de la ensalada, unos lagrimones de impotencia cayeron por sus mejillas.

   No quiso contárselo. Cuando una mujer le cuenta a un hombre algo así, éste siempre intenta minimizarlo. Así que como allí todavía no tenía amigas tan íntimas, se lo guardó, sabiendo que lo que había sucedido esa mañana no era una exageración ni una mala interpretación por su parte. Las mujeres tienen un instinto especial para esas cosas, una especie de señal de  peligro para esas situaciones.

   Los días siguientes se lo encontró donde fuera que tuviera que ir. Siempre mirándola como si la desnudara; siempre diciéndole lo atractiva que estaba con lo que llevara puesto; y siempre cuando estaba sola. Él sabía de sobra dónde y cómo encontrarla. Intentó explicarle que estaba fuera de lugar su actitud, le pidió que la dejara en paz y terminó por no hablarle y salir disparada en dirección contraria. A los seis días de su primera aparición estaba demacrada, de mal humor y vistiendo la ropa más vieja y menos atractiva que tenía.

   Y entonces empezaron las amenazas: si seguía siendo tan desagradable con él tendría que tomar otro tipo de medidas. "Ya sabes que puedo conseguir que vuestra vida aquí sea perfecta.....o un infierno", le dijo una mañana cuando se cruzaron en uno de los pasillos del supermercado.

   Se sentía acorralada; no sabía qué hacer. Cada día se encontraba peor: apenas dormía y había perdido el apetito. Hasta perdió las llaves. Aquella situación no podía seguir así.

   Volvió a media mañana de recoger las alfombras que había encargado para el salón y el comedor y se lo encontró sentado en el sillón. No pudo articular palabra, pero al ver las llaves encima de la mesita supo dónde las había perdido y cómo había entrado él.

   -Ya me he cansado de tanto juego. Sabes lo que quiero y lo voy a conseguir hoy.

   Se dio la vuelta para echar a correr, pero la atrapó antes de llegar al pasillo; la empujó contra la pared y empezó a manosearla con una mano mientras con la otra sujetaba su cuello, dejándola sin movimientos y sin voz. Apenas unos gemidos era lo único que emitía su garganta. Se preparó para lo peor mientras unas lágrimas caían de sus ojos.

   Entonces oyó la puerta y le vio; la misma cara de sorpresa que había puesto ella sólo unos minutos antes. Por fin reaccionó y se abalanzó sobre ellos. Después.....nada.


NADA


   Cuando le encontraron estaba abrazado a su cuerpo. Eso le dijeron. Él apenas podía recordar la escena que encontró al entrar en casa. Como entre brumas se veía a sí mismo abalanzándose contra el hombre que la tenía arrinconada contra la pared; luego se dio cuenta de que sus manos apretaban el cuello y se fijó en que la cara de Javi estaba ya morada. Le soltó y buscó a Laura. Con el empujón que le dio ella debió caer y su cabeza dio contra el apoyabrazos de una de las sillas del comedor que habían llevado a casa sólo tres días antes. El charco de sangre era tan expresivo, que estuvo seguro de que estaba muerta.

   La policía, el juicio, su abogado.....todo había pasado como una exhalación. Nadie le creyó cuando contó lo que había pasado. No había señal de que hubieran forzado la puerta, ni signos de pelea en la casa; sólo su ojo amoratado que el fiscal achacó a un intentó de Javi por defenderse. La conclusión: ellos mantenían una relación, él los sorprendió y los mató. Le condenaron por el asesinato de Javi y el homicidio involuntario de Laura. 

   En la cárcel sobrevivió como pudo. Nada le importaba. No se relacionaba con nadie. Sólo quería que todo acabara. No dejaba de preguntarse por qué había tenido que pasarle a él, pero nunca encontró respuesta a esa pregunta. Llegó un momento en que dejó de importarle. 

   Pasó el tiempo y gracias a su buena conducta le plantearon la posibilidad de un tercer grado. Le buscaron un empleo, algo imprescindible para ello y le dijeron las condiciones de su nuevo estado. No lo planeó. Como todo lo que pasaba en su triste vida desde que llegó a la cárcel, se dejó llevar. Fue al sitio donde tenía que trabajar, hizo lo que le mandaron hacer y, al terminar su jornada, simplemente desapareció.


   
   Llevaba tantos años rodando de un lado a otro que había perdido la noción del tiempo y del espacio. Casi no recordaba ni quién era. La vida que una vez tuvo era algo tan lejano que sólo tenía vagos recuerdos cuando, de noche, intentaba dormir en cualquiera de los lugares que le parecían idóneos. Recuerdos que no sabía muy bien si lo eran o se trataba de sueños. Le gustaban aquellas casas donde se veía viviendo y, sobre todo, le gustaba aquella mujer atractiva que se reía con él y junto a la que dormía abrazado. Aquella noche su imagen era tan real que parecía estar a su lado.

   -Ven conmigo-le dijo mientras alargaba su brazo hacia él con la misma dulce sonrisa con la que aparecía en sus sueños. Y él cogió su mano, seguro de que ya nunca más tendría que buscar un refugio donde dormir.




Texto Ana María Blanco Estébanez
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